La lumbre
Estamos en Salónica (al norte de Grecia). El invierno aquí es distinto, la tonalidad gris del cielo es pétreo. Afuera, en este vecindario, el aire huele a humo. Al humo de esas fogatas que la gente improvisa para aplacar el frío, a veces con leña, a veces con cualquier cosa que se queme. Ese olor me recuerda a Nuevo Laredo (al norte de México), a los inviernos de mi infancia y en particular a los inviernos pobres. Recuerdo una noche de invierno en un patio oscuro. Los árboles cambian de forma (se vuelven sombra), las estrellas parecen estar más cerca, los ruidos se apagan y nuestras voces brillan como relámpagos. El frío nos muerde los huesos y la carne, nos hace encorvar la espalda (parecemos una manada de animales asustados). Entonces, hipnotizados por los destellos de la lumbre ya nadie habla. Somos estatuas de hielo que echan humo por la boca, pero nadie quiere ser el primero en meterse. Después de un verano tan largo, estas noches de invierno son extraordinarias y queremos que dur...







