Los treinta y siete (y la lluvia)

En Inglaterra las tormentas son distintas. Aquí no hay presagios que anuncien el milagro (en el lugar que nací lo son). Estoy lejos del desierto y del trópico de cáncer. Estoy bajo un cielo distinto, uno que no se incendia por las tardes o al amanecer. Aquí no hay solemnidad cuando el cielo se transforma en la cúpula de un templo salvaje. Aquí nadie percibe el olor a tierra mojada, ni el tránsito de las hormigas de vuelta a casa. Aquí la lluvia no es novedad.


Escribo esto a la víspera de mi cumpleaños número treinta y siete, ya que por alguna razón (quizá natural) me da por reflexionar en las fechas especiales. Esta será la primera ocasión que estaré lejos de casa, o al menos de los lugares familiares. Y es que a falta de iniciativa propia, y por mi propio bien, la vida me ha ido empujando hacia otras latitudes: un lugar al borde la autopista M4 esta vez.
Algún tiempo atrás me lamentaba de vivir con el corazón dividido por un océano: una mitad en México y la otra en Inglaterra. Estando en México, Alicia me dijo que era afortunado por tener tantos amores en mi vida. Estando en Inglaterra, mi hermano me dijo algo que sería una profecía: “llegará un momento en que tu vida tome un tercer camino y te sientas completo en otra parte”.
Leyendo a Cortázar, que leía a Keats, aprendí que “siempre es bueno hacer profecías porque éstas se las arreglan después para cumplirse por su propia cuenta”. Y ese tercer camino al que se refería mi hermano se las está arreglando para llevarme a nuevos lugares. Es por eso que me da por sentir nostalgia. 
Sin embargo, debo confesar que más que anhelo por el pasado, lo que a veces siento es miedo de ser un adulto maduro, responsable e independiente. ¿Podemos prolongar un poco más la infancia? ¿Podemos llamar a Peter Pan para que nos rescate de esta vida llena de compromisos y consecuencias? Sería feliz si pudiera volver a los días en que mi madre me hacía sentir el niño más especial del mundo por ser mi cumpleaños. A ese tiempo en que no tenía que pensar que hacer de mi vida, porque mi vida pertenecía al lado de los que amaba. Aquel tiempo en que cumplir años era sólo el festejo y no un balance del tiempo del tiempo mal gastado.

Hoy cumplo treinta y siete años, y a diferencia del resto de mis amigos soy el único que aún no tiene una familia. Parece que al único niño que he de criar es al que sigue viviendo dentro de mí. No me quejo. Llevar a ese niño por buen camino ha sido una gran responsabilidad. Y me siento orgulloso de lo que hemos logrado.
A fin de cuentas creo que nos hace bien seguir juntos; nos cuidamos el uno al otro y nos hacemos compañía. Yo me preocupo de las cosas básicas y el de las esenciales. El otro día, por ejemplo, mientras corríamos para protegernos de la lluvia me dijo: “qué bueno salimos de casa porque si no jamás hubiéramos sabido que la lluvia puede ser distinta”.

Un Hombre Camina

Comentarios

  1. Feliz Cumpleanos, en el pasado post pense que la foto de la nina en el columpio era tu hija.
    Ya llegara. Al pendiente para ver hacia donde te lleva el nuevo camino.

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