Un óceano de recuerdos
I
Hay lugares a los que siempre hemos de regresar. A veces más que un lugar se trata de un recuerdo, una postal detallada de un instante o fogonazos de algo que sabemos importante. Uno de esos recuerdos que atesoro, y al que me gusta volver, es el de mi espera por el vendedor de gelatinas cuando era niño. A los4 años seguro no era capaz de leer un reloj, pero por alguna razón siempre adivinaba la hora del acontecimiento. Fiel a mis instintos esperaba parado de puntitas y con la cabeza metida entre los barandales que separaban nuestra casa de la calle. Recuerdo ver las gelatinas de colores en aquella pequeña vitrina y las manos del vendedor recibiendo las monedas que, cuando la cuenta era ya muy alta, le pagaba algún adulto de mi familia. Recuerdo también a mi madre diciéndole que ya no debía fiarme y que si seguía dándome gelatinas ya nadie iba a pagarle. No sé qué pasó con aquel hombre, no sé tampoco en que momento dejaron de gustarme la gelatina. Sin embargo siempre volveré al recuerdo de aquellas tardes en la calle Washington esperando a que sucediera el milagro de ese instante azucarado, pegajoso y colorido.
Hay lugares a los que siempre hemos de regresar. A veces más que un lugar se trata de un recuerdo, una postal detallada de un instante o fogonazos de algo que sabemos importante. Uno de esos recuerdos que atesoro, y al que me gusta volver, es el de mi espera por el vendedor de gelatinas cuando era niño. A los4 años seguro no era capaz de leer un reloj, pero por alguna razón siempre adivinaba la hora del acontecimiento. Fiel a mis instintos esperaba parado de puntitas y con la cabeza metida entre los barandales que separaban nuestra casa de la calle. Recuerdo ver las gelatinas de colores en aquella pequeña vitrina y las manos del vendedor recibiendo las monedas que, cuando la cuenta era ya muy alta, le pagaba algún adulto de mi familia. Recuerdo también a mi madre diciéndole que ya no debía fiarme y que si seguía dándome gelatinas ya nadie iba a pagarle. No sé qué pasó con aquel hombre, no sé tampoco en que momento dejaron de gustarme la gelatina. Sin embargo siempre volveré al recuerdo de aquellas tardes en la calle Washington esperando a que sucediera el milagro de ese instante azucarado, pegajoso y colorido.
II
Cuando hago ese inventario de recuerdos inevitablemente vuelvo también a la playa, en especial a la de Tampico. Muchos años ese fue el destino familiar de nuestras vacaciones de verano. Hay decenas de fotografías desgastadas de un niño con el pelo alborotado en los brazos de alguien o recogiendo conchitas en la orilla de la playa. Esas son otras dos cosas a las que siempre vuelvo: a buscar los brazos de los que me quieren y a recoger objetos del suelo.
Hoy fui a la playa, esta vez en la costa Andaluz. Pero eso no importa porque el mar, a diferencia de los ríos, siempre contiene la misma agua. Sin embargo no pude evitar sentir una emoción distinta al pensar que un pequeño Picasso o un García Lorca pudieron estar parados sobre las mismas rocas maravillados de como las olas se quebraban bajo sus pies. Esta vez también recogí conchas y caracoles, pero no hubo nadie para sostenerme entre sus brazos. No es la primera que vez camino solo por la playa, lo hice hace algunos meses en La Pesca (en Tamaulipas), pero esta vez estoy lejos de casa y el mar me pareció más inmenso que nunca.
Eso me hizo pensar que quizá ese lugar donde iremos al morir este detrás de la línea donde el cielo y el mar se unen y parece que se acaba el mundo. Tal vez por eso me da miedo ir muy adentro y prefiero quedarme en la orilla. A veces nos resulta insoportable esa inmensidad. A veces lo que nos asusta es el deseo de alejarnos para siempre de la orilla.
Para sacarme de mi pequeña tempestad el mar decidió cubrirme con una ola y arrastrarme mar adentro. Mi cuerpo aguijoneado por el agua helada rodó como un barquito de papel y perdí todo el orgullo y condición humana. Tras lograr ponerme de pie y escupir toda el agua salada que había tragado no tuve más remedio que reír y pensar que el mar quería darme el abrazo que tanto necesitaba.
III
Estos días he pensado que debo darme un descanso y dejar de caminar, es decir de escribir, porque inevitablemente vuelvo a los mismos lugares. Lo que no había entendido es que somos nosotros los que no debemos repetirnos. Si al leerme sienten que me repito espero que sea porque vuelvo a los mismos lugares una y otra vez, pero no porque mi mirada haya perdido la capacidad de ver las cosas de manera distinta.
Después de ver fluir las aguas del Támesis y el Guadalquivir estoy listo para volver a casa y quitarme la sed con las aguas del Bravo… o un nuevo destino.



Creo que uno siempre se repite, pero en esa acción las cosas cambian, nunca son iguales, ahí es donde uno se encuentra en la originalidad del momento. Te lo digo convencido desde mi posición de fotógrafo y adicto a las repeticiones jeje Nos de-construimos, nos re-creamos.
ResponderEliminarY agrego, somos como una melodía de Phillip Glass.
EliminarMe gusta mucho Phillip Glass.
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