El jardín de la memoria

I
La ventana de la cocina se ha convertido en mi lugar favorito de la casa. Es desde ahí donde me gusta asomarme por primera vez al día, mientras a pequeños sorbos me bebo el café y la luz de la mañana. Me gusta creer que a esa hora del día, cuando sólo la luz y las horas están hechas, todo puede sucede; es por eso que me gusta asomarme por la ventana para tratar de predecir qué rumbo tomará el destino esta vez. Pero lo único posible de predecir es el curso del sol. Las plantas que están junto a la ventana también lo saben. Por eso me gusta observarlas. Me hacen recordar que a veces es mejor moverse al ritmo de la luz que al de las horas; que dedicar tiempo y cuidados a algo (o alguien) lo hace crecer y lo transforma. 


Las plantas son un souvenir del paraíso perdido, de las selvas y bosques descritos en los libros; son un recordatorio de la que vida sucede y lo demás es artificio.



II
El amor a las plantas lo heredé de mi tía Virginia y mi nana Josefina. Las recuerdo a ambas removiendo la tierra, despertando sus memorias de tormenta, ese olor a tierra mojada que inevitablemente nos hace sentirnos vivos cuando lo respiramos. Recuerdo en especial el ritual de regar las plantas por las noches de verano; la manguera deslizándose por el jardín como una serpiente, el arco de agua dibujado en el aire y el sonido al estrellarse con las ramas y las hojas. 

Cultivar un jardín es una ardua tarea, hacerlo en el desierto es una verdadera hazaña. Debes cuidar que las plantas no sean calcinadas por el sol, cuando esa tierra es su imperio. Cuidar que el frío no se les cuele entre las ramas, cuando ni siquiera podemos evitar que a nosotros se nos cuele en los huesos. Mantener  alejadas a las hormigas, cuando ni siquiera podemos mantener lejos las cosas que nos devoran a nosotros. Pero el amor generoso es así. 

III
Los rosales, la sábila, la albahaca, el romeo y la julieta; el árbol de moras, el mesquite, el naranjo y el nogal. Ese es el jardín que crece en mi memoria. Hay árboles que recuerdo con tal precisión que podría recorrer sus ramas y sentir el cobijo de su sombra como si su raíz estuviera enredado a mis recuerdos (incluso ahora que estoy lejos).



IV
William Blake describió Inglaterra como "una tierra verde y placentera", donde incluso el musgo que crece entre las piedras es un paraíso. Estoy convencido de que en estos palacios silvestres, que llaman bosques, viven todos los personajes fantásticos de los cuentos; y también todos los árboles que nos hacen falta en casa para calmar la furia del verano. 

Por eso me gusta caminar bajo los árboles, sobre el pasto, entre las hojas. Hacerlo a veces me calma la sed, esa qué solo conocemos los habitantes del desierto. Pero a veces me hace sentir nostalgia, esa que solo conocemos los que estamos lejos y nos gusta observar por la ventana. 






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