Fue en Diciembre
Fue en Diciembre. Volamos, con alas prestadas, y atravesamos el océano. Ya conocía la dicha de celebrar la llegada de un nuevo integrante a la familia, Diego había sido el motivo del primer viaje transoceánico y nuestra primer celebración. Pero ahora la alegría era distinta porque se trataba de una niña. Y con ellas todo... absolutamente todo es distinto.
Cuando Diego llego nosotros ya estábamos ahí, esperándolo. La escena era parecida a aquella de la fiestas sorpresas, cuando todos se esconden emocionados en la oscuridad esperando al festejado. Y cuando éste abre la puerta todos saltan y gritan de alegría. Con Julia fue distinto, llegamos cuando la fiesta ya había comenzado. Claro que sus papás y su hermano se encargaron de sorprenderle. Pero en mi caso tenía esa sensación de llegar, si no tarde, al menos en un momento inesperado. Ella tenia ya 3 meses de habitar el mundo y me ponía nervioso la posibilidad de resultarle ajeno.
Cuando llegamos a su casa, Diego estaba asomándose en la ventana de la cocina. Estaba mas grande que la ultima vez que nos vimos. Sus pelo alborotado, sus ojos iluminados y una tímida sonrisa me arrebataron el corazón inmediatamente. Pero aun no sabía lo que me esperaba del otro lado de la puerta. Julia estaba en los brazos de su mamá, con su pelo oscuro y los ojos enormes. Había algo en ella que me hizo pensar en un duende o un hada. Cuando la sostuve en mis brazos el mundo se detuvo. Abrazar a Diego por primera vez fue descubrir el milagro de la vida, la fuerza de los lazos familiares. Con Julia fue descubrir la fuente infinita del asombro y la ternura. Diego era como una flama saltarina, Julia era una gota de agua.
Se preguntaran por qué escribo esto. La respuesta es simple: la conocí un 12 de diciembre, el día de la Virgen de Guadalupe. Desde ese día sé que los milagros existen y que es hermosos unir los puntos invisibles que le dan sentido a la vida: las señales.


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