Una Moderada Tristeza
I
A veces me descubro caminando por el filo de los días, provocando tormentas, escuchando canciones que sé me ponen triste. A veces me descubro metiendo los dedos en la herida, hurgando en las memorias más dolorosas del pasado.
A veces me da por bailar como si fuera invisible, por cantar como si en realidad pudiera hacerlo, por hablar con los animales y las plantas. A veces me descubro flotando, con los pies despegados del suelo recorriendo toda la ciudad.
A veces, no sé si muchas o pocas veces, siento que voy a derrumbarme y nadie podrá detenerme. A veces imagino que me haré agua o polvo y desapareceré sin que nadie se dé cuenta.
II
Nunca recibí un diagnostico a esta sensación de moderada tristeza y ansiedad que se esconde debajo de mi almohada, en el tránsito de los días y el cambio de estaciones.
-¿Ha intentado saltar por la ventana?
-No, pero…
-Entonces usted sólo esta aburrido.
Esa conclusión del médico no me fue satisfactoria. No sólo me dejaba sin explicaciones sino que además me hacía ver como un burgués con demasiado tiempo libre. Y si bien esta moderada tristeza no me ha llevado al hospital o al borde de las cornisas. Hay algo en mi cabeza que no funciona como debería. Quizá lo mío sólo es exceso de sensibilidad.
Mi ánimo es susceptible al clima, especialmente en el gris y largo invierno inglés; a las ausencias, los imposibles, el devastador paso del tiempo, él hubiera y el quizá; los días en que nadie sonríe y todo sale mal, los trenes que viajan en reversa (y no van a casa) y sobre todo a la soledad de las gotas de lluvia que resbalan por las ventanas sin que nadie las note.
Hay días, y especialmente noches, que todo esto me provoca un gran peso en el pecho, pero jamás me he olvidado de respirar. Jamás me he rendido al peso de la tristeza o la melancolía… y no lo haré.
III
¿Cuál es el secreto de la felicidad? No lo sé, pero tengo una lista de cosas que espantan la tristeza: un baño con agua tibia, el té de jazmín con miel, el pastel de chocolate, Diego y Julia, viajar en el segundo piso del autobús y ver por la ventana, los días soleados, los libros ilustrados, los gatos, los personajes mitológicos y fantásticos, la inocencia llevada al extremo, la idea de que Dios es un dibujo animado.
Es por eso que me he convertido en un hombre simplón y disfruto las pequeñas cosas. Es por eso que me gusta inventar historias y hacer dibujos, jugar a que soy niño todavía, coleccionar objetos extraños, creer en las hadas y los duendes.
No es que quiera negar una parte de mí y le da la espalda a mi lado menos luminoso, pero si soy presa fácil de la melancolía ¿qué sentido tendría caminar del lado donde no brilla el sol?





las pequeñas cosas son las que nos salvan
ResponderEliminarSiempre!
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