Missed Connections
Moments
of intimacy with strangers
are
minor detours we rarely explore,
but
those moments make us feel alive, and human,
and
part of something greater than ourselves.
Missed Connections
Querida
Sophie:
Siempre
he soñado con conocer Nueva York. Dicen que París es la ciudad del amor, sin
embargo yo creo que Nueva York es la ciudad más romántica del mundo:
excéntrica, impulsiva y espontánea. La imagino fugitiva y febril; salpicada de
ruidos, olores y luces de neón. ¿Será por eso que tantos genios y apasionados
personajes tocan a tu puerta buscando una oportunidad para cumplir sus sueños?
Por
eso me ha gustado tu libro. Porque más que una colección de avisos personales
entre personas que se buscan tras una conexión
pérdida en las calles o transporte neoyorquinos, creo que tu libro habla de
aquel ideal romántico del siglo XIX que nos inspira a ir por la vida “defendiendo la fantasía, la imaginación y
las fuerzas irracionales del espíritu”.
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| Sophie Blackall |
En
mi caso -un poco por timidez y en gran parte por curiosidad- disfruto ser
espectador del mundo. Me gusta ver a la gente que camina y tratar de adivinar
sus historias. Siempre me distraigo escuchando conversaciones ajenas mientras
trato de imaginar a detalle las cosas que cuentan. Me gusta saber que libros
leen los pasajeros del metro y tratar de asumir los motivos de su elección.
Esta intromisión de mi parte no es mal intencionada, aunque reconozco que puede
ser un hábito descortés. Pero el impulso de asomarme a estas vidas extrañas por
un instante, es el mismo que sentimos cuando vemos una caja cerrada o nos
paramos de puntitas para ver a través de una ventana.
Pero
supongo que en Nueva York es distinto. Asomarse a la vida de tantas personas
debe provocar vértigo. Quizá es por eso que los neoyorquinos evitan mirarse a
los ojos o conversar.
Creo
que Jane Austen no habría sobrevivido al Nueva York de nuestros días. Esa
ciudad donde todo sucede tan de prisa que sus habitantes no tienen tiempo ni de
escribir cartas o firmar sus mensajes.
Sin
embargo, al leer tu libro no puedo evitar contagiarme de esperanza. Si bien es
verdad que estos personajes que nos hemos inventado viven de prisa y abstraídos
de la realidad por sus manías y preocupaciones; es también verdad que seguimos
siendo los mismos adolescentes a los que la posibilidad del amor nos daba alas
y nos encendía el rostro. Seguimos siendo aquellos que sueñan con encontrar un
amor apasionado en Nueva York y mudarse con el a París para que al amor sea
eterno.
Por
eso he decidido que más que darnos permiso de ver hacia el interior asomándonos
por las ventanas, deberíamos mejor reunir el valor necesario para llamar a la
puerta. Hay que dejar que la vida nos sorprenda. ¿No crees?
Cartas desde una isla
Cartas desde una isla




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