El mar de historias

Para contar cuentos se necesita combustible,
lo mismo que para conducir un coche.

Harún y el Mar de las Historias
Salman Rushdie


–Quizá deba renunciar –ese fue el primer pensamiento que vino a mi cabeza al abrir los ojos y el cual repetí en voz alta durante la mañana, pues quería convencerme de que era una idea sugerida por alguien más.

–Veamos cómo avanza el día, y si no encuentro nada de que escribir entonces mando una disculpa –darle esa “última oportunidad” al proyecto me hizo sentir menos culpable, pero en el fondo sabía perfectamente lo que iba a suceder. (¿Cuántos proyectos han perdido la batalla antes nuestras inseguridades?)

De cualquier manera inicié el ritual previo a la escritura: limpié el escritorio, hice un playlist para la ocasión, abrí un nuevo documento en office y me dediqué a mirar por la ventana. Mientras el cursor parpadeaba sobre la página en blanco descubrí que las palabras que intentaba encontrar no eran las del texto sino las de la disculpa por no enviarlo.

Elegí una tipografía moderna pero sofisticada –siempre he creído que si haces la elección correcta tus palabras serán mejor recibidas– y escribí lo siguiente:


Querido editor:

Tras pensarlo detenidamente he decidido que por el momento debo concentrarme en otros proyectos. Espero que esto no se malinterprete como una falta de interés o mucho menos de creatividad. Afortunadamente jamás me he enfrentado a fatales circunstancias. Sin embargo, debo confesar que estos meses he estado un poco alejado de lo que Harún llama el mar de las historias. Lo cual resulta una verdadera ironía pues ahora que estoy desempleado tengo mucho tiempo libre y podría pasarme los días enteros zambullido en sus aguas, pero la verdad es que no tengo ánimo de nada. Todos me dicen que la mala racha pasará, que no es fácil empezar de cero en un país que no es el tuyo, pero cada rechazo recibido hace palidecer la llama que ilumina la salida a este largo túnel de desventura.


A veces me siento como uno de esos personajes de la literatura rusa que viven atrapados en largas historias en las que nunca pasa nada. Por eso, para combatir el tedio, me dedico a ver por la ventana todas las cosas que suceden en este vecindario. Tengo especial interés en las andanzas del gato negro que vive al lado del parque. No sé el verdadero nombre del felino pero lo llamo Waterloo porque ese el nombre de la calle donde vive. Una calle que va colina abajo – o colina arriba según en qué lugar estés- y cuyos árboles ahora están repletos de flores blancas, rosas y amarillas.


La imagen es tan bella que si pudiera compartirla contigo y tus lectores lo haría, pero ya será en otra ocasión. Por lo pronto espero que encuentres a alguien que sí tenga algo que contar; alguien que tenga el ánimo para detenerse a contemplar los pequeños milagros del mundo y la gratitud suficiente para compartirlos. A fin de cuentas no hace falta más que eso para intentar escribir una historias, esas que fluyen en el mar de Harún. 


Espera, ¿te interesaría saber más sobre Waterloo (o cualquiera que sea su nombre), las historias del parque o la calle llena de árboles floridos? Porque si es así creo que podría encontrar algo de que escribir. 

A fin de cuentas, como dijo Chéjov en El Tío Vania, por más difíciles que sean los días:

¡Qué se le va a hacer! ¡Hay que vivir!

¡Y nuestra vida será quieta, tierna, dulce como una caricia! ¡Tengo fe!


Comentarios

  1. Sin saber -porque obviamente nunca lo hará - Waterloo fue un gran elemento dentro de este embrollo.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares