El habitante fronterizo
Querido Sr. Urraca:
En este país, donde la mayoría somos de otra parte, es normal que nos preguntemos unos a otros: "¿De dónde eres?". "Mexicano", es obviamente mi orgullosa respuesta. Pero acto seguido siempre específico que crecí en la frontera. A veces lo digo como un dato de vida, pero otras con una clara intención poética. Y aunque pocos entiendan la intención de mi respuesta, para mí es importante decir que crecí entre dos tierras.
En este país, donde la mayoría somos de otra parte, es normal que nos preguntemos unos a otros: "¿De dónde eres?". "Mexicano", es obviamente mi orgullosa respuesta. Pero acto seguido siempre específico que crecí en la frontera. A veces lo digo como un dato de vida, pero otras con una clara intención poética. Y aunque pocos entiendan la intención de mi respuesta, para mí es importante decir que crecí entre dos tierras.
Como habitante fronterizo me acostumbré al ir
y venir de la gente; a entender la frontera como algo que separa el espacio e incluso
las zonas horarias, pero que desaparece con facilidad porque a fin de cuentas
es solo un línea pintada sobre el agua, el aire o la tierra.
Lo que nunca entendí fue la idea de ser migrante.
Si de niño me hubieran pedido una definición habría dicho que migrante es "alguien
que va al norte o regresa al sur, como las aves". Para nosotros cruzar la frontera era algo de
todos los días. Todos íbamos al otro lado; caminando
sobre el río, nadando en él o escondido en el interior de las cosas más
inverosímiles.
"Pero si
cruzas el río nadando nunca te secas", decía mi
mamá. "Es como un castigo. La
consecuencia por ir a un lugar que no te han invitado".
“Como el día
que me crucé la barda del vecino y me atacaron sus perros",
pensé. Y concluí que esas personas debían ser muy valientes o estar muy
desesperadas para arriesgarse a hacer algo así. Yo había invadido el patio del
vecino para recuperar una pelota, pero seguro ellos tenían mejores razones.
“Má, ¿tú que
preferirías: nunca saber si lo que buscas está del otro lado o arriesgarte a estar mojada
para siempre?”
Aquella pregunta fue el inicio de una
conversación muy larga y complicada. Mi mamá me habló de leyes, fronteras,
ilegales, permisos y muchas cosas más; pero al final no respondió mi pregunta;
o al menos eso fue lo que creí en aquel momento.
Cuando vine a Inglaterra yo también me
convertí en un migrante. Mi mamá diría que soy afortunado porque tengo
papeles y nadie va a perseguirme para mandarme de regreso a casa. Pero
aun cuando atravesé el océano en avión y no tuve que mojarme para venir aquí, a
veces siento que me escurre agua todo el tiempo. Especialmente cuando leo en
las noticias sobre los ilegales ahogados en los ríos, los mares y el océano de
trámites y papeleo; las nuevas leyes que protegen a los inmigrantes pero
permiten ponernos el agua hasta el cuello; o los huracanes desatados por la
crisis y el nacionalismo.
De niño pensaba que los mejores equipos
estaba formados por personas con distintos talentos. En los libros de aventuras
los personajes sabían hacer distintas cosas y, aunque tenían diferencias, al
final siempre completaban sus hazañas. Y me pregunto ¿por qué no podemos hacer
lo mismo como ciudadanos? ¿En realidad es más importante haber nacido en un
lugar u otro que lo qué puedes aportar el mundo?
Por eso le escribo esta carta, Sr. Urraca; porque
siempre que lo veo volando por este cielo inglés me pregunto si con las aves
pasa lo mismo. ¿A usted le molesta que aves de otros países vengan a visitarlo?
Ojalá algún día pueda conocer a los cotorros chiapanecos, le aseguro que son
muy divertidos y peculiares.




"Migrando de un lugar a otro es que uno descubre su propia geografía". Tu artículo en laTundra me ha hecho llorar. Me encanta lo que escribes. Gracias. Lucía.
ResponderEliminarMil gracias Lucía.
EliminarMuchas gracias por leer y comentar. Saludos.
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