Un año más
Qué alegría que el mundo sea redondo. Qué bendición vivir en esta esfera en la que si uno camina con rectitud, o en línea recta, siempre vuelve al punto de partida.
Lo mismo ocurre con las fechas especiales, cada año el calendario se repite y -aunque no nos permita volver al pasado- nos la oportunidad de revisitar los días para disfrutar de los recuerdos o enmendar nuestro errores.
Lo mismo ocurre con las fechas especiales, cada año el calendario se repite y -aunque no nos permita volver al pasado- nos la oportunidad de revisitar los días para disfrutar de los recuerdos o enmendar nuestro errores.
Eso sucede cada catorce de Julio. Puntual el calendario me recuerda que los franceses celebran la Toma de la Bastilla, que es el inicio de la canícula y el cumpleaños de Daniel: mi único hermano.
Decía mi madre que para su cuarto cumpleaños lo que Daniel pidió de regalo fue un hermano. Y al día siguiente de su fiesta llegué yo. “Debió ser el ajetreo de la fiesta lo que te ánimo a nacer a las 7 de la mañana de un domingo, porque fuera de ese día nunca has sido bueno para madrugar”.
Ella siempre nos contaba esas historias con un natural orgullo de madre, pero también con ese encanto de señora platicadora que la caracterizó toda su vida. “Daniel se llama así por el pasaje bíblico del profeta con los leones. Tú eres Luis por tu primo Luis Mariano”. Así era como ella nos hacía sentir especiales: dándonos detalles para construir las historias de nuestras vidas. (¿Será por eso que me gusta escribir?)
Y cada año sin excepción me contaba la misma historia: la del regalo de cumpleaños de mi hermano y mi llegada al mundo. Pero a veces creo que la insistencia en el tema era, más que una anécdota familiar, un recordatorio de mi responsabilidad de ser un buen regalo.
Y es que yo siempre fui temperamental, malcriado y con debilidad a los problemas; en contraste a mi hermano que siempre fue un ejemplo de excelencia. Pero supongo que así es como el universo mantiene su balance. Y supongo también que secretamente era el plan de supervivencia de mi mamá.
Como hermanos hemos sido afortunados, como hijos lo fuimos también. Cada uno tenía un lugar exclusivo en el corazón de mi mamá. No recuerdo si de niños fue igual, pero a partir de cierto momento cada uno tenía su nombre especial (que no revelaré porque son un tesoro) y nunca los confundía al llamarnos.
Por más parecidos o distintos que seamos, mi hermano y yo siempre tendremos una cosa en común: nuestra madre. Y así como compartimos su amor, ahora compartimos también su ausencia. Nos hace mucha falta a los dos; de distintas formas pero con la misma intensidad. Y si bien la recordamos al remojar las galletas en el café, al escuchar ciertas canciones, al peinar nuestras recién estrenadas canas, al respirar y caminar; creo no equivocarme al decir que cuando más falta nos hace es en estos veranos en los que celebramos nuestros cumpleaños y anhelamos los días de fiesta con pastel, piñata y una familia enorme alrededor de la mesa. Sin embargo aquí no hay tristezas, porque a fin de cuentas seguimos juntos nosotros los tres… los todos que somos ahora esta familia.
Después de tantos años de ser hermanos podemos decir que es algo que sabemos hacer bien. Yo he sido afortunado. Ese hermano mayor con el que caminé por muchos años hacia la misma casa y la misma escuela, a las mismas fiestas y despedidas, a las mismas iglesias y hospitales; es también el mismo hermano con el conocí a Diego y Julia, Londres y París, a Stravinski y Van Gogh, el antes y después de esta vida feliz que tengo ahora.
Mi madre tenía un plan secreto cuando decidió que seriamos hermanos, de eso no cabe duda. De lo que no estoy seguro es de quién es el regalo de quién. Pero ya habrá más cumpleaños para aclarar la duda.





snif, que hermoso escrito, hermoso!!
ResponderEliminarGracias Don Tigre.
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