Querido Oliver (Wolf) Sacks:
A mí me gusta coleccionar objetos y ordenarlos
en las repisas de mi casa. Siento que eso les da un nuevo valor y significado.
En la ventana de la cocina tengo un gato de madera que compré en Málaga, un
perro de plástico que encontré tirado en la playa de Brighton, un chango de
porcelana por el que pagué 10 centavos en una tienda caridad y un caracol
traído del mediterráneo. Me gusta pensar
en este pequeño espacio como en un altar; y cada cierto tiempo me gusta
encontrar nuevas formas de reacomodar mis tesoros y contar una nueva historia.
Lo mismo pasa con los recuerdos: me gusta hacer
inventarios constantemente. De alguna forma, inexplicable todavía, a veces me
da por pensar en momentos especiales de mi vida; recuerdo los sucesos, las
personas, los libros que leía y las canciones que escuchaba, el color de la luz
y cielo, el calor o la lluvia… todo lo que se quedó impreso en la postal de ese
instante. Pero otras veces esos recuerdos y sensaciones se organizan de una
forma distinta, y más que responder a una lógica temporal, lo hacen al perfil
de una persona en especial.
De acuerdo a la memoria artificial –pero omnipotente– de mi bandeja de correo electrónico, el 14 de julio de 2013
recibí un correo de Paloma que en el título decía “Hablando de cumpleaños” (mi cumpleaños es el 17 de Julio). En este
correo me compartía un artículo escrito por ti para el New York times con
motivo de tu 80º cumpleaños (el 9 de Julio). En el cuerpo del mensaje me advertía:
“Oliver Sacks es autor, entre otros, de El
Hombre que Confundió a su Mujer con un Sombrero". (Ella tiene ese
peculiar poder de adivinar las cosas que conozco y las que preciso conocer)
Leí el artículo. Tú cumplías 80 y yo 36. Me
gustó esa idea tuya de enlazar los años con los elementos de la tabla
periódica. Ese año para ti era mercurio –a
los 79 ya te había tocado ser oro– y
para mi kriptón. Hablabas de Beckett y Auden –dos de los autores a los que vuelvo una y otra vez porque nunca
termino de entenderlos– y con una extraña certeza invocaste ese estúpido y
terrible fantasma del cáncer.
Este año algo activó el recuerdo de tu persona,
quizá mi cumpleaños, así que decidí
leerte. “Empezaré por el del hombre que
confunde sombreros por mujeres”, pensé. El título me hacía pensar en los
cuentos de Hermann Hesse, pero no podía estar más equivocado. Sin embargo
decidí adentrarme en aquel mundo desconocido para mí. Jamás pensé que pudiera
interesarme el tema, pero ahora sé porque todos reconocen en ti no sólo a un
brillante neurólogo sino a un fascinante narrador.
Mi segunda lectura fue “Un antropólogo en Marte” –debo confesar que de nuevo me dejé
llevar por el título– donde
publicaste esa maravillosa entrevista con Temple Grandin. Esa es la maravilla
de los libros: que puedes tener reunidas en sus páginas a dos personas
maravillosas platicando ante ti.
El sábado pasado –mientras me preparaba para una entrevista de trabajo– estudiaba algunos de tus artículos y
recordé que sigo sin leer On the Road –tu
libro de memorias en cuya portada apareces montado en una motocicleta igual que
un joven Marlon Brando. Prometí
levantarme temprano e ir a la librería antes de correr para alcanzar el tren…
pero se me hizo tarde. Y al mediodía leí la triste noticia: “Oliver Sacks ha muerto”.
Gracias por la inspiración y la generosidad;
pero sobre todo por esa mente maravillosa que –si bien tenía dificultad para recordar los rostros de las personas– nos ayudó a reconocernos a muchos de
nosotros.
Perdón por mi tardanza. Lamento no haberte
conocido antes, no haber tenido la dicha de leerte antes. Pero quizá no sea tan
tarde, aún me quedan muchos despertares y
algunos elementos de la tabla periódica por cumplir.
P.D. Aprovecho para agradecerle a Paloma toda
la generosidad y cariño depositados en esos correos donde me comparte tantas
cosas maravillosas.





No conocía a este autor. Sólo he visto la película de Despertares, pero no lo conocía. Ayer que fui a una librería vi que sacaron nuevas ediciones o reimpresiones de sus libros.
ResponderEliminarTendré que echarles un ojo.
Un saludo!
Qué gusto me da leer tu comentario. A veces dudo si alguien viene a leer o no; y tener un comentario es mejor aún. A fin de cuentas que es la escritura sino un diálogo. Saludos... y bienvenido.
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