Camino a casa

Camino a casa. No como quien regresa a casa, sino como quien va a alguna parte por costumbre.

Estas semanas he dormido poco. Mamá está en el hospital. A veces pienso que nunca podremos sacarnos ese olor a medicina, orina y cloro que inunda ese lugar.

Camino a casa. En la oscuridad todo es distinto, es como si el mundo fuera más pequeño. El cielo sigue arriba, pero más cercano; es imposible ver el filo de los muros, y los pasajes que se forman entre ellos lucen más estrechos. Me detengo un momento. Estoy sofocado. Estos días me cuesta respirar.

Retomo el paso. Con los ojos cansados me cuesta ubicarme, reconocer el entorno. Abro más los ojos. Logro distinguir los árboles, sus espesas copas parecen mordisqueadas por la noche. Acelero el paso. Ansío llegar a casa. Necesito dormir un poco. Sería un milagro descansar.

La noche está tan callada que no se escucha el silencio.


Desde niño me asusta la idea de que el mundo desaparezca mientras duermo. Siempre pensé que  el mundo era el resultado de un grupo de personas imaginando y viviendo todo al mismo tiempo. Por eso cuando alguien muere una parte del mundo desaparece, pues ese persona ya no está para imaginar su parte.

“El mundo no va a desaparecer, nada más se quedará vacío”, esa era la respuesta de mi madre cuando era niño.

Camino a casa. Mi alargada sombra me hace pensar en la muerte. La promesa del descanso me ayuda a dar el último tirón. Camino cuesta arriba, me falta el aire. Me siento vivo cuando el vaho se escapa por mi boca. Pienso en los respiradores artificiales, en las luces blancas que iluminan las habitaciones blancas, en el tintineo de las agujas y el caminar menguado de las enfermeras.

Duane Michals

Necesito dormir un par de horas. Estoy tan cansado que no logro ver en la oscuridad, pero sigo caminando. Pienso en las aves. En su reserva a volver de noche. El parque parece sumergido en un pantano de negrura, me aterra la posibilidad de que se mezan los columpios y rechinen los fierros oxidados de los juegos, pero esta noche todo es quietud y silencio.

Llego al final de la colina. Los ojos cansados se me hacen agua, se me derrama la mirada. No logro ver mi casa. No logro ver mi casa porque no está ahí. Reviso los números de las puertas contiguas: veinte, veintidós, veinticuatro… Ya no existe el veintiséis.  Pareciera que la noche devoró la casa en un bostezo.

Pienso en mi madre. Quizá es ella la que imagina esta parte del mundo.

Sigo caminando. No sé a dónde ir.

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