Mis manos

Me gusta observar mis manos, las formas torcidas de mis dedos, las líneas que la atraviesan, los crímenes y caricias que las cubren.

Me gusta observar mis manos como si no supiera que son mis manos. A veces imagino que son el mapa de un país lejano; otras las páginas de un libro que nunca entiendo.

Me gusta observar mis manos porque —salvo algunos días de invierno— siempre están desnudas. Amantes ávidas y dispuestas, estas manos arrullan, acarician, destruyen, castigan, oran, sostienen... pero se niegan a escribir.


Yo escribo con las manos. A mí las palabras me salen de las puntas de los dedos. Son mis dedos largos y torcidos los que al recorrer el teclado o deslizarse por el papel materializan lo que pienso.

Por eso me gusta observar mis manos, porque tengo la esperanza de descubrir alguno en ellas. Hoy no he encontrado nada: ni palabras, ni migajas, ni manchones de mugre, ni rastros de sudor. Hoy tengo las manos vacías. Me siento triste, me guardo las manos en los bolsillos y salgo al mundo a caminar.

¿Cuál es el destino de las palabras que nadie escribe? ¿Qué pasa con las líneas que borramos del papel y las pantallas? ¿A dónde van las frases que decimos y nadie escucha?

Mañana encontraré algo que decir. Mañana. Hoy guardaré silencio.

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