Las cosas postergadas

Por casi tres años conservé conmigo el boleto a una exposición retrospectiva de Ana Mendieta en la Hayward Gallery de Londres. Era el otoño del 2013. Los primeros días de mí llegada a Inglaterra me daba por guardar todo tipo de souvenirs, especialmente boletos. Los boletos de tren, autobús, museos, conciertos y obras de teatro que compré esos días eran la mejor forma de documentar mis aventuras solitarias en la isla… y lo ridículamente cara que es la vida aquí.

El 17 de Octubre compré un boleto de tren, seguramente para ir a la universidad. Cuando vi la fecha impresa decidí quedármelo porque era el cumpleaños de Tierra, uno de mis mejores amigos. Decidí que le enviaría por correo el boleto a la exposición de Ana Mendieta, que tanto me hizo recordarlo, y este boleto de tren con la fecha de su cumpleaños. Pero al final aquel detalle de amistad se convirtió en una cosa postergada.


Igual que el polvo se acumularon días, semanas y meses; más de dos años de partículas que después de flotar en el aire ahora descansan impasibles sobre cada superficie de esta casa. El mundo ha dado muchas vueltas desde entonces: vueltas en su propio eje y vueltas alrededor del sol; días y estaciones; aves que van y regresan; cambios, cambios, cambios; arribos y despedidas.

(Por desgracia) A veces olvidamos que la vida es más que una cuenta de días, saldos y proezas. ¡La vida es movimiento! Un vals que nos hace mover de un lado al otro del salón (a veces solos, a veces en pareja). La vida son nubes que se mueven, olas que se crispan, gotas de lluvia que caen, ciudades sacudidas por temblores, árboles que bailan, dedos que tamborilean ansiosos. La vida es una máquina de movimiento perpetuo. Y ese movimiento nos ha traído hasta aquí.



Igual que las aves, Tierra emigró al sur. Se trasladó de hemisferio y estación. Para él un día era invierno en el norte y al día siguiente verano en el sur. Quizá quería demostrarnos que el poder de cambiar las cosas radica en nosotros; en nuestra voluntad de meter la vida en una maleta, soltar las anclas y emprender el vuelo.

Ahora que mi amigo emigró al sur siento que el norte está más lejos que nunca. Las fotos de su verano me han hecho más consciente de este largo invierno. Lo extraño. Me lamento de nunca haber enviado esa carta, de haber dejado que se convirtiera en una cosa postergada.

Él y yo ahora vivimos en hemisferios diferentes. Si trazo una línea sobre el mapa la trayectoria cruza el Atlántico, Brasil y  Bolivia. Entre nosotros hay océanos, selvas, montañas, lagos, salares. El cordón que nos une ahora dibuja un triángulo entre México, Chile e Inglaterra.  

El mundo es un lugar enorme y nosotros granos de arena.  Quien diría que los temblores y las mareas nos llevarían tan lejos y la amistad nos mantendría tan cerca (a pesar de las cartas jamás enviadas).


Ya no quiero postergar las cosas. Aprenderé a vivir los días, a moverme al compás del tiempo, a no quedarme quieto. Si todos los días damos un paso hacia adelante al final terminaremos por llegar a nuestro destino.

Hay tantos lugares por descubrir, tantos sueños por realizar, tantas cosas por dar y recibir, que la vida nos será suficiente sólo si dejamos de postergarla.

Hoy que decidí ir a la oficina de correos descubrí que esos boletos que conservé por tanto tiempo están perdidos. Vaya lección de vida. Al final todo lo que no se mueve se desgasta, desaparece o se hace polvo.

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