Miedo al invierno
Dicen que hay que escribir de las cosas que nos asustan. Que la única forma de vencer nuestros miedos es sacándolos de los oscuros rincones donde se esconden.
Dicen que los miedos hay que observarlos bajo la luz —la del día o la de la contemplación, que es aún más prístina. Por eso escribo. Escribir me permite fijar mis miedos en el papel para observarlos muy de cerca y desde todos los ángulos posibles, o incluso diseccionarlos si se me da la gana.
Para mí la escritura es un refugio, pero también un campo de batalla. A veces escribo para sentirme mejor, pero luego recuerdo que para eso uno busca a Dios; así que trato de armarme de valor y escribo para pelear mis batallas, para vencer mis miedos, para defenderme y defender mis causas y las tuyas.
Yo le tengo miedo a muchas cosas: a la oscuridad, a la violencia, al fin del mundo, al dolor, a las despedidas. Me temo a mí mismo, a ese reptil oscuro y amargo que a veces me habla al oído y me dice cosas terribles; a ese niño mimado que se paraliza pensando que debajo de su cama hay un monstruo y que el mundo tiene la obligación de venir a rescatarlo. Miedos tengo muchos, pero esto que ahora escribo es para enfrentarme a uno en particular: el miedo al invierno. Esa breve eternidad que nos clava sus garras en la piel, en los huesos y en la sangre.
Para mí el invierno es más que una estación. El invierno es ausencia de calor, de luz, de escándalo en los parques. El invierno es un hechizo que convierte las nubes en estatuas, que afila las orillas del viento y quiebra el agua de los espejos. El invierno es una larga noche apenas dividida por el día, esas horas en que nos obligamos a estar despiertos y no soñar. El invierno es una Ofelia navegando río abajo, con los labios azules y los dedos entumidos.
”Ofelia, ¿dónde dejaste los besos que no diste en el verano?

Escribo y pienso en la oscuridad de las tardes, en la soledad de las bancas, en el rencor que les provoca el abandono a las aves. Escribo y el frío me sube por la espalda, me clava las uñas en las costillas. Escribo y el miedo me paraliza los dedos, las ganas, el deseo de romper el silencio.
Me da miedo el invierno porque se parece a ese inmenso desierto de hielo que atravieso cuando no puedo escribir y pasan los días y los frutos que debían germinar se mueren y a mí no se me ocurre nada más que lamentarme de mi desdicha. Me asusta el invierno porque creo que se parece un poco a estar muerto y al igual que Ofelia sigo sin saber dónde dejé los besos que no di en el verano.
Ya volverán los días de sol, las ganas y las palabras. Ya volverá todo lo que se ha marchado.


Me gusta mucho como escribes Edo.. te mando un caluroso abrazo
ResponderEliminarGracias Martha. Abrazos.
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