Gente
Qué fresca es la sombra que ofrecen,
qué limpia el agua dulce de sus miradas.
Gente / Presuntos Implicados
Gente. Personas que sueñan, esperan, lastiman,
se arrepienten, planean venganzas, se hincan en altares, hacen guerras y
promesas (a veces inútiles, a veces vanas). Gente que camina a tu lado, que te empuja en los ríos
de la calle. Gente que te da la mano, los labios, sus días. Gente que comparte
el pan o te arrebata la vida. Gente. Siempre hay gente. Alguien que está o no está
pero se hace presente de alguna forma.
Para mí lo más importante de este año ha sido
eso: la gente. Los (quizá) más afortunados ejecutivos hombres blancos que viajan en el tren
todas las mañanas y nos dejan compartir con ellos el interior de la ballena.
Todos somos Jonás: hijos de un Dios (un Dios de diferente color). Los hombres polacos
con su mirada triste y sus enormes manos blancas que construyen el mundo futuro.
Las mujeres africanas que cantan mientras cocinan cuscús y nos revelan el misterio de lo cotidiano. Los
viejos árabes que en sus conversaciones preservan la eternidad como nidos que
abrazan pequeños pájaros. Gente en México, en Londres, en París. Gente que roba
los ojos y me enseña el mundo desde sus ventanas.
Una de esas personas enviada por Dios — si es que Dios existe o envía
personas o yo me doy permiso de creer— ha sido Agnes. Mi amiga africana que si supiera que hablo de ella en
estas líneas o dudo de los milagros de “su señor” agitaría las manos, alzaría la
voz y me pondría en mi lugar en un
instante. Agnes cree en Dios. Todas las mañana hace oración mientras yo reviso
mi correo electrónico a su lado. Agnes también cree en mí, por eso me adoptó. “I am an African woman”; esas fueron sus
palabras cuando quiso dejarme claro la materia de la que está hecha. Ella dice
que la única razón por la que ha sobrevivido la dura vida que ha llevado es por
la ayuda de Dios: su señor. Y yo le creo. Y también se lo agradezco.
Ella tiene rituales, yo también. Y creo que ahora
compartimos algunos. Por las mañanas ella bebe avena caliente con jengibre,
habla con su Dios, nos da consejos, nos regaña, hace predicciones para el día. Nosotros
escuchamos, nos reímos, dudamos, pero inevitablemente intentamos creer. A la hora del almuerzo nos
buscamos. A veces compartimos la comida, especialmente el pan, el aguacate y los mangos. Un
día me hizo feliz cuando dijo que mi torta de aguacate era una de las mejores
cosas que ha comido en su vida. El otro gusto que compartimos es el mango. En
Ghana, su padre tenía una huerta y cultivaba frutas y flores. Quise decirle que yo no tuve ninguna de esas cosas.
Por las tardes le ayudo con las enfadosas tareas
administrativas del trabajo. La tecnología no es su fuerte. Sin embargo sabe cómo
compartirme oraciones en WhatsApp. Me gusta ayudarla. Me gusta que me comparta
su devoción.
Nuestra confianza es tanta que con todo el desenfado
posible me ofrece mentas “por si una
chica quiere besarme”, me regaña por no haber encontrado todavía una
iglesia cerca de mi casa o por comer tanta azúcar. Agnes me recuerda a mi madre.
No sólo por su piel oscura o su risa contagiosa. Creo que es por la calidez de
su personalidad; por la fresca sombra que ofrecen y el agua dulce y
limpia de sus miradas.
La vida está llena de años y de gente. Gente como ángeles que nos muestran escaleras y
ventanas al cielo. Ángeles que nos dan la mano cuando atravesamos nuestros
valles más oscuros o nos necesitan para acompañarlos a atravesar los de ellos. Gente como ángeles,
amigos, familia, extraños. Gente que nos busca la mirada o nos rehúye la mirada. Gente que todos los días tiene los mismos miedos, sueños y
alegrías que nosotros. Gente que cree. Gente que cree que creer es un error. Gente
que cree por todos los que aún dudamos en creer o estamos demasiado ocupados,
cansados o confundidos para tener fe… que no es lo mismo pero funciona igual.
La vida está llena de años y de gente que nunca se quedan pero construyen la eternidad.





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