París

Quiero escribir. Escribir sobre París. Quiero contar algo, sentir que es posible prolongar las horas de estos días: los últimos del año. Quiero escribir. Y es un quiero plagado de deseo: un impulso con raíz en el error. Pero la edad me ha dado la honestidad, o cinismo, para aceptar que han sido mis mejores errores los que me han traído hasta aquí. Así que me siento a escribir. No hay ritual, o si lo hay es siempre distinto. Quizá por eso me cuesta escribir.

Afuera, Londres está lleno de niebla. Mi cabeza y mi corazón también. He dormido mal las últimas noches. La conciencia siempre me pasa factura al final del año. Sin embargo, de una forma casi milagrosa, poco a poco toma forma en mi cabeza una revelación: me cuesta escribir sobre París porque me recuerda a Teresa: mi madre.


Hemingway escribió sobre París. Cortázar escribió en París. Henry Miller escribió, vivió y gozo con June en París. Pero mi naturaleza, ingenua y trivial, me hace pensar más en el París de los Aristogatos y las magdalenas remojadas en té  de Marcel Proust. Y sobre todas las cosas, en el breve diario que escribió mi madre en su estancia en París.

Teresa visitó París un invierno. Fue un regalo de mi hermano. Regalo que años después me haría también a mí. Con su elegante letra cursiva Teresa logró escribir una de los más bellos y honestos textos que haya leído sobre París. En las entradas de su diario describe la mágica delicia de los croissants (desde entonces ese croissant es mi “ballena blanca”), el frío continental de Europa, los bufetes de comida China en Le Marais (el barrio gay de París). Ese diario es un tesoro y mi mejor referencia a la ciudad.    

Mi primera vez en París fue con mi hermano. En un invierno en el que nevó mucho en Europa. Se cancelaron vuelos, trenes… paisajes. Mis fotografías de la Tour Eiffel sólo muestran la mitad de la estructura porque lo demás lo cubrían las nubes. El Louvre y el Orsay fueron un refugio, un cálido abrazo para calmar el frío y esa soledad de estar en un país en el que desconoces el idioma. Nuestro hotel, en Montmartre, tenía vista hacia un cementerio cubierto de nieve. Después descubrí que era el cementerio de Montmartre donde descansan personajes como Zola, De Vigny, Berlioz, Offenbach y Degas. Y es que en París los muertos son de “rancio abolengo”. Por eso visitamos otro cementerio el de  Père-Lachaise. La parada obligada era la tumba de Oscar Wilde. Y es que una de las cosas que nos une a mi hermano y a mí es nuestra admiración por el genio y enfant terrible irlandés.


A pesar de lo maravilloso y memorable de aquel viaje prometí que volvería a París en primavera para ver los cerezos floridos y los paisajes impresionistas que rondan mis sueños; navegar en un bote con los remeros de Yerres y tener un affaire con uno de “Los acuchilladores de parquet”. Tengo debilidad por los hombres de Caillebotte. E irónicamente por eso mi regreso a París no fue como lo planeado. No fue en primavera ni en busca de un amante. Mi regreso a París fue de la mano de mi propio hombre de Caillebotte. Que si bien no es francés, es un griego de barba rojiza experto en literatura francesa del siglo XIX. Él ha recorrido París innumerables veces. Especialmente los pasillos de la Bibliothèque Nationale y los mejores restaurantes. Libros y comida en París son la idea más romántica que puedo tener de la llamada ciudad del amor. Un viaje del que sólo lamento haber pasado como “americano” todo el tiempo pues por la diferencia de idiomas entre nosotros hablamos inglés.  

Este viaje fue distinto. Sin planes o itinerario, imitamos el ideal flâneur y recorrimos las calles de Le Marais y Montparnasse; o para ser más precisos los restaurantes, cafés y librerías de estos barrios franceses. En París hay sólo tres lugares que he visitado dos veces, y eso dice mucho de los impulsos que me mueven: Notre Dame, la librería Shakespeare and Company y mi boulangerie favorita (Huré en Place d'Italie).

Dicen que la tercera es la vencida. Por eso quiero conocer París en primavera. Que ese impulso con raíz en la locura me lleve a atrapar la luz en una habitación de Arles.  


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