Actos de Bondad (Ambitious College)
I
“Lleva siempre un par de calcetines extra en la mochila. Nunca sabes si vas
a tener mojados los pies”. Ese fue el primer consejo que me dio mi hermano al
llegar a la isla. Llegué a Inglaterra en el otoño. Yo no sabía lo difícil que
sería el invierno, pero mi hermano sí. Así que me compró un abrigo. “Uno que te
proteja del frío y de la lluvia”, me dijo.
Siempre que llueve, y se mojan mis pies, sonrío. Ese acto de bondad de mi
hermano se quedó conmigo. Es verdad que ya no conservo el abrigo y que el
consejo me lo dio sólo una vez, pero los verdaderos actos de bondad son así: una
chispa que arde en el presente, pero se graban con fuego en la memoria.
Los últimos meses tuve la oportunidad de vivir una de las experiencias más
bellas e intensas de mi vida: trabajar con jóvenes con autismo en Ambitious College. El día que hice
la entrevista de trabajo supe que ese trabajo cambiaría mi vida, pero nunca
calculé en qué medida. Saber que había todo un equipo de especialistas haciendo
ese trabajo me lleno de admiración y esperanza.
II
Mi sobrino es un cumulo de peculiaridades, dones y experiencias; una de
ellas es su autismo. Ahora entiendo y defiendo que el autismo no es una
condición que se padezca o determine tu existencia. También sé que no es una condición
que deba romantizarse. Mi sobrino, por ejemplo, no es más ni menos especial por
sus circunstancias. Él es extraordinario por su inocencia, su bondad, su forma
de entender el mundo, sus manías, su sonrisa contagiosa, su talento para
dibujar, su sensibilidad extrema. Pero son también esas mismas cosas las que
hacen más complicadas cualquier experiencia con él.
Conocer a una persona con autismo no es entender lo que es el autismo.
Estos meses conviví de cerca con alrededor de trece jóvenes, todos con
habilidades y necesidades diferentes. Todos con días distintos unos de otros.
Así que entender lo que una persona necesita un día tampoco significa
entenderles por completo. Los seres humanos por naturaleza somos complejos.
¡Bienvenido al mundo!
III
Llegué al colegio en el otoño y no
sabía lo difícil que se sería el invierno. Si bien hubo días maravillosos,
llenos de música y risas; también hubo días donde fui agredido y puesto a
prueba. “Por qué dejas que te hagan eso?” Fue la pregunta obvia todas esas
veces. “Porque alguien debe hacerlo. Porque espero que si mi sobrino algún día
necesita la misma ayuda alguien estará dispuesto a dársela”.
Ahora llevo conmigo algunas cicatrices. Pero también un regalo de vida: la bondad
y resiliencia aprendida esos meses. Después de un mal día había que volver al
día siguiente, tratar de nuevo, tratar de una forma distinta. Después de una
bofetada o un puntapié había que acercarse a preguntar “¿Estás bien? Lamento
que estés teniendo un mal día”. Porque al final del día yo me iba a casa, pero
ellos no podían escapar de las circunstancias.
Estos meses he sido muy feliz. Conocí a personas con quienes compartir el
día ha sido una dicha. No comparto detalles por temor a romantizar la realidad,
pero me quedo con todo lo aprendido, lo compartido y lo robado. Todas las sonrisas,
los momentos y las lecciones de vida. Por ejemplo, el aprender a estar y dejar
ser. “Aquí estoy aquí, pero debes aprender a hacer las cosas solo porque
(lamentablemente) no estaré siempre a tu lado”. Quizá lo más bello de esta
experiencia ha sido eso: tratar de encontrar la manera de darle sentido a este
mundo. Intentarlo al lado de personas tan especiales.
Algunas veces mi labor fue ayudar a alguien a cruzar la calle, a cocinar, a
sumar o calcular las compras. A veces
tratar de entender el dolor, la ansiedad, la frustración del día; el porqué de
las cosas, de los cambios y de los obstáculos. Pero sabes, resulta que a veces
yo tampoco entiendo, que yo también me paralizo al intentar cruzar la calle o
entender por qué me duele el pecho cuándo pienso en ciertas cosas, me preocupo
por la falta de empatía o el fin del mundo.
Cuando tengo miedo pienso en todas y cada una de las personas que han
estado ahí para compartirme su bondad. Cuando tengo miedo de mojarme los pies
pienso que llevo un par de calcetines extra en la mochila. Espero que esos
chicos siempre tengan alguien ahí para ellos. Todo el amor, empatía y bondad necesarios. Que sepan que alguien estará ahí pase lo que pase. Así como a por algunos meses estuve yo.
Intentado encender una chispa en los momentos de oscuridad.




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