Excusas / Los árboles o Dostoievski
Me gusta inventar excusas. Convencerme por
ejemplo de que los jueves son un buen día para ser feliz. Los jueves me gustan
porque son el día dedicado a Júpiter y porque anteceden a los fines de semana.
Esos días me doy permiso de irme a la cama tarde, de ser optimista, de andar
con calma. Los jueves son el umbral a un mundo mejor… o tal vez no, pero me
gusta inventar excusas. Tener motivos para que todo sea especial en algún
momento.
Pronto será mi cumpleaños y esa es una de mis
excusas favoritas. Aunque las celebraciones me abruman, los cumpleaños son importantes
para mí. Los últimos dos años he decidido pasar ese día cerca del mar. Me gusta
ir al mar. Buscar el recuerdo del primer mar que conocí. Me gusta contemplar
las olas, anclar la mirada en el horizonte, tratar de descifrar el mundo.
Cuando estoy ahí siento la presencia de mi madre. Tengo la sensación de que me
observa desde la distancia. “Ten cuidado
con las olas. No te vayas a lo hondo”. Quizá por eso cometo tantos errores,
porque en el fondo deseo que ella regrese y me salve (de mí mismo).
Ayer cumplí cuarenta años y me parece una buena excusa para pensar en el futuro. Me he puesto a pensar que hacía la gente que admiro a esta edad y que hicieron en los años posteriores. ¿Será que la crisis de esta década es una reacción de miedo involuntaria? No quiero volverme viejo. Y no me refiero a la piel y los huesos. Me refiero a la forma de enfrentar la vida. No quiero escucharme decir las frases que dicen los viejos cuando se hacen viejos.
Ayer cumplí cuarenta años y me parece una buena excusa para pensar en el futuro. Me he puesto a pensar que hacía la gente que admiro a esta edad y que hicieron en los años posteriores. ¿Será que la crisis de esta década es una reacción de miedo involuntaria? No quiero volverme viejo. Y no me refiero a la piel y los huesos. Me refiero a la forma de enfrentar la vida. No quiero escucharme decir las frases que dicen los viejos cuando se hacen viejos.
Después de los cuarenta parece más fácil ponerle
a todo una fecha de caducidad: el libro que nunca publicaste, los hijos que no
tuviste, el éxito que no lograste. ¡Qué terrible es volverse viejo! Uno empieza
a quedarse sin excusas para ser arrogante, irresponsable y arriesgado. Y a mí
me encantan los pretextos. Así que los cuarenta serán mi excusa para seguir
inventado excusas. Empezaré a escribir una novela que a estas alturas de poeta
nadie me toma en serio. Intentaré preocuparme menos que el cuerpo ya no me da para abrazar
tormentas. Trataré de dormir más que tener arrugas y ojeras a la vez es un
exceso. Pero sobre todo haré un esfuerzo enorme por mantenerme joven. Los
ochenta es una buena edad para envejecer, pero yo apenas voy a la mitad.
Escribir es una excusa, un ejercicio de
memoria, un acto de rebeldía. Y esa rebeldía es una excusa para la juventud. No
quiero dejar de escribir. Así, sin afán de publicar, ganar premios o tener
legiones de lectores. La idea del éxito me parece tan absurda. Yo me conformo
con el grafiti en aquella pared de mi
pueblo (el que no se borra con las lluvias ni el tiempo).
Ya habrá tiempo para envejecer. Algún día seré
viejo, sabio y prudente como los árboles o Dostoievski, pero no hoy. Todavía
tengo excusas para ser el eterno irresponsable.



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