¿Cómo se construye una casa?
Como en las historias que tanto me gustaban de niño, hemos viajado a Grecia
para volver a casa. Una casa que ahora también es mía. No viajamos en barco, ni
viajamos a Ítaca, pero igual que a Ulises es la nostalgia la que nos ha traído
de vuelta.
En México tengo un hogar, pero no una casa. En México están la madre que me
reclamó como suyo y la madre que yo reclamé como mía desde niño. En México
están mi pasado y mis recuerdos, pero no hay una casa. Los recuerdos de mi
infancia se quedaron esparcidos en más de un lugar. Y en cada mudanza, como reptiles
del desierto, nos fuimos deshaciendo del pasado para aligerar el trayecto.
¿Dónde está las banquetas que rasparon mis rodillas? ¿Los árboles en dónde se
mecían el viento y los columpios? No lo sé y jamás me lo había preguntado. Pero
al llegar a aquí mi corazón se ha partido en dos, igual que una granada que cae
del árbol y se estrella contra el suelo. Conocer a mi otra familia me ha
colmado el corazón de nuevas emociones y experiencias. Pero también me ha
forzado a aceptar que para mí el pasado no es un lugar, al menos no uno al que
pueda volver.
Esta casa, desde la que ahora escribo, fue construida para que las tardes
se escaparan por el balcón y el café fuera una excusa que se bebe despacio.
Igual que una colmena, esta casa fue construida para recolectar la miel de los
días.
Pero, ¿cómo se construye una casa? Una casa con rincones secretos para
conservar el llanto de los recién nacidos y los suspiros que se nos escapan al
sostenerlos en los brazos. Una casa con balcones por donde lanzar el escándalo
de los platos rotos, las discusiones de sobremesa, el caos de las mañanas y la
aletargada calma de los domingos. Una casa con jardines para cultivar la infinita
fe y paciencia de los padres. Una casa con pesadas puertas para mantener del
otro lado las tormentas y las despedidas, con ventanas que puedan abrirse de
par en par para mandar y recibir todos los abrazos necesarios. Quizá, igual que
una colmena, una casa en realidad se construye para habitarse desde adentro.
A mí, que el mundo me abruma a menudo, me es necesario tener un espacio
donde resguardarme. Es por eso que la idea del hogar me es tan importante. A
mí, que me he mudado tantas veces, me es importante hacer mío el entorno en
donde vivo: poner un detalle aquí, colgar un recuerdo allá. Si de los días queremos
conservar la miel, entonces debemos construir colmenas.
En esta casa, las repisas están repletas de fotografías, libros y juguetes
favoritos que te cuentan una historia. En esta casa es posible hacer
arqueología a la infancia; al tiempo habitado por dragones, piratas y animales
que hablan; a la adolescencia cuyos fantasmas aún habitan en los espejos. En
esta casa es posible hacer tangible el pasado y esconderlo en un cajón si te da
la gana.
Hasta el día que llegué aquí no añoraba tener una casa. Hasta el momento de
recibir un beso y un abrazo de mi suegro mi cuerpo jamás hizo conciencia de que
nunca tuve un padre. Mi reacción fue inesperada, pero se quedará conmigo para
siempre. Quizá todo este tiempo mi vida
fue un viaje hasta este puerto donde me esperaban el padre y la casa llena de
recuerdos que siempre busqué.




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