Borges tendría una respuesta

Borges tendría una respuesta para explicar lo que me pasa. Estoy seguro. Quizá diría que es un juego de espejos, granos de arena que existen simultáneamente en ambos hemisferios de un reloj, una serpiente bajo el agua que se muerde la cola, un jardín de senderos que se bifurcan y no se vuelven a encontrar. Borges tendría una explicación, pero yo no.

Borges entendía el alemán, y los alemanes entienden la soledad; tienen incluso una palabra para definir la sensación de estar solo en el bosque: waldeinsamkeit (Ralph Waldo Emerson escribió un poema con ese título ¿Lo conoces?).


Cuando descubrí la palabra waldeinsamkeit imaginé un bosque, y en el centro del bosque un cerco de árboles que formaba un refugio, y en el interior del refugio un fantasma que me abrazaba. El fantasma llevaba una camisa blanquísima y olía a jazmines y eucalipto. Desde ese abrazo, desde ese día me siento distinto. Tengo la sensación de que esa palabra, con sus bosques y sus fantasmas, ha provocado algo que aún no termino de entender.

¿Recuerdas la nevada que volvió loco de emoción al pueblo? Allá en nuestro retazo de desierto la nieve fue poca, pero fue novedad. El tímido rastro blancuzco de la nieve; las sonrisas de los niños, la sorpresa de los adultos; los cientos de fotos dando testimonio, no de lo extraordinario, sino de la reacción ante lo extraordinario; la nostalgia constante y ese capricho de querer ser parte de todo encendieron mis ganas de no estar aquí (y estar allá). Y temo que desde ese día los límites del tiempo y el espacio se han trastocado (para bien o para mal).

El domingo por la mañana, mientras las gaviotas cantaban la misa, abrí las cortinas y pensé que estaba en casa. En mi jardín se derretía el mismo rastro blancuzco de nieve. Y estoy seguro que era la misma nieve.

Aquí y del otro lado del océano las voces se quejan del frío. Y estoy seguro que es el mismo frío. Ese frío que se te clava en las mejillas y te muerde las orejas. Ese frío que asoma los ojos por las ventanas y se cuela por debajo de las puertas.   

Ayer mientras caminaba a casa, a pesar del frío, el cielo comenzó a arder, se alzaba en largas llamas amarillas y naranjas. El frío casi me arrancaba los dedos, pero había algo en el cielo que me hizo pensar en el fuego. Y tú sabes que eso solo significa una cosa: estaba bajo el cielo de casa. Esa casa sin puertas que algunos dicen es un infierno.


¿Crees que estoy perdiendo la razón? Espero que digas que sí. Sería lo más hermoso que podría sucedernos. Que el cielo se transforme lava y ese mar de fuego nos coloque a todos en el mismo sitio (de una vez por todas).

No me malinterpretes. Yo no deseo que se acabe el mundo, para nada. Yo lo único que quiero es que los abrazos a mitad del bosque no sean de un fantasma. Esa soledad de palabras ajenas que se leen a media noche no me hace bien.

Enséñame tú otra palabra e imaginemos otras cosas. Qué importa si Borges tiene o no tiene una explicación para lo que nos pase esta vez.   

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