No me gusta verme en el espejo
I
No me gusta verme en el espejo. No sé si la raíz del problema sea falta de autoestima,
pero el acto en sí mismo me intimida. ¿Soy yo en realidad esa persona que me
muestra el reflejo?
Verme en el espejo es parte de la rutina, un pase de lista, pero nada más. Si no estoy despeinado y no tengo rastros de
comida en las comisuras de mis labios todo está bien. Pero hay días en que ni
siquiera eso me preocupa. Puedo pasar días sin verme en el espejo y cuando lo
hago me descubro más feliz, cansado, desaliñado o atractivo que de costumbre.
“Hola. Ahí estás. Hace días
que no te veía. Sigues siendo tú. Sigo siendo yo”
Mi mejor amigo dice que puede reconocer mi nivel de estrés y cansancio por
el estado de mi cabello conforme avanza el día. Por eso me veo en el espejo de
vez en cuando. No quiero que la gente piense que he perdido la razón (no todavía).
En ese sentido verme en el espejo es un convencionalismo social, pero nada más.
En el instante en que mis ojos se clavan en mis ojos, inevitablemente, tengo
que mirar a otra parte. Como dije antes, lo encuentro intimidante.
II
Esta mañana hace frío. Eso me hace sentir más alerta, más despierto que de
costumbre y también vulnerable. Aún no se hace de día y ya voy de prisa (en un
tren). Miro por la ventana. Busco la línea anaranjada de sol que comienza a
encenderse en el horizonte. Entonces descubro mi reflejo. Me gusta esa imagen
distorsionada de mi rostro que refleja el vidrio. Noto que debajo de las bolsas
de los ojos se forma una línea que divide la zona oscura de las ojeras y el resplandor
de las mejillas. Fronteras. Detrás de esa línea, la piel cansada debajo de mis ojos
se vuelve brillante y tersa. Detrás de esa línea lo cóncavo se vuelve convexo.
Estoy envejeciendo, mi piel lo sabe, pero aún lo disimula.
Si estas líneas estuvieran en las palmas de mis manos tendrían un nombre; formarían
islas y continentes que alguien anhela descubrir, códigos que alguien intenta
descifrar. Pero estas líneas están en mi rostro, a la vista de todos, y nadie
las ve. Porque, así como a mí me asusta mirarme en el espejo, a la gente le
asusta la idea de observar los rostros de los demás, y peor aún, descubrir sus
detalles.
III
Este año cumpliré cuarenta y uno y la gente no lo nota. No ponen atención a
la línea debajo de mis ojeras. Cuando me preguntan cuál es el secreto siempre respondo
que dormir y ser feliz. Duermo mucho y me
procuro toda la felicidad posible. Pero quizá el hecho de no verme tanto en el
espejo también contribuya a ese fenómeno de no envejecer en tiempo real.
Pero sé que en algún momento la gravedad pondrá a prueba a mi piel, tendré
el pelo cubierto de canas y llevaré gafas. Sé que amaré verme en el espejo
porque el tiempo me habrá transformado en el vivo retrato de mis ancestros. Y si
tengo las cejas largas y blancas de mi tío Manuel seré el viejo más feliz del
mundo.



¡Qué suerte que te ves más joven! Eso siempre se aprecia.
ResponderEliminarYo siento que a mi no se me notaban (tanto) los años hasta hace unos 5 o 6, y de repente dí el viejazo. No hay forma de negar estas canas que desde hace un tiempo me acompañan (gracias papá por tu herencia canosa).
Sin embargo, la pregunta del millón es ¿por qué no te gusta verte en el espejo?
Soy introvertido por naturaleza. Creo que nunca he sido vanidoso y no me asusta envejecer, pero los espejos me intimidan.
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