Psique


Soñé con Teresa, mi madre. Fue una pesadilla. Así son los sueños. Nunca sabes que te va a tocar. Ella sostenía un cuchillo en las manos. Alguien más, no estoy seguro quien, gritaba desesperaba: “¡Quítale el cuchillo! Se quiere matar”.

Aún dormido estaba consciente que era un sueño. Un sueño absurdo y cruel. Mi madre jamás habría hecho algo así. Ella me enseño a amar la vida y, sobre todo, a respetarla.  

Cuando vivo momentos de estrés tengo pesadillas, sueños vívidos de los que despierto agotado física y emocionalmente.

Estos días he estado ansioso. Y sin embargo no me atrevería a decir que sufro de ansiedad. No sé cuál es la diferencia, pero sé que hay personas que lo llevan realmente mal. Yo lo que no llevo bien son los cambios. Y en este momento en que estoy a punto de terminar la maestría y empezar una nueva etapa de vida, la incertidumbre es lo que me pone ansioso.

Anoche, justo antes de irme a la cama, tuve uno de “esos” episodios. Lo que yo llamo ansiedad es esa sensación de que mi cuerpo y mi cerebro están electrificados. Siento que mis piernas y mis brazos reciben descargas eléctricas y tienen vida propia. Mi tren de pensamiento adquiere una velocidad vertiginosa. Me vuelvo hipersensible: la ropa y el cabello me molestan; mis sentidos del olfato, la vista y el odio se afinan y siento que cualquier estímulo exterior me hará explotar en mil pedazos.

Cuando esto sucede tengo miedo. Me asusta no tener control de mi cuerpo ni mis pensamientos. Sé que es algo pasajero, pero no puedo evitar pensar que pasaría si tales circunstancias se convirtieran en una constante. Anoche me fui a la cama con ese pensamiento. Con ese miedo a perder el control en algún momento.

El recuerdo más difícil que conservo de la enfermedad de mi madre es el de la noche en que ella perdió el control. Como consecuencia de una deficiencia renal, el alto nivel de toxinas en su cuerpo le provocaron alucinaciones. Tuvimos que llevarla al hospital y estar con ella hasta que el suero que le administraron le ayudará a desintoxicarse. Por el par de horas que mi madre perdió contacto con la realidad nos describió un mundo fantasmagórico (producto de tantos años afición al cine y la literatura).  Si lo pienso ahora, la experiencia tuvo incluso un tono fantástico, pero crecí en una familia donde el intelecto es un don y por momentos temí la locura se lo hubiese arrebatado ese tesoro a mi madre.

¿Qué pasará si un día pierdo la razón, si no puedo recordar? La sola posibilidad me aterra. Nunca me ha asustado envejecer, excepto cuando pienso que mi mente comenzará a apagarse poco a poco. Es por lo que cuando la mínima señal de ansiedad aparece me pongo alerta y trato encontrar una solución. A veces me ayuda meditar, caminar, hablar, hornear o escribir. Por eso estoy escribiendo ahora. Esto no es literatura, es terapia.

Al igual que otras cosas valiosas, nuestra mente puede ser frágil. Por eso debemos cuidarla, por eso debemos pensar en su bienestar. Por eso decidí parar, respirar, escribir estás líneas y compartirlas. Porque a mi me hace bien escribir y a ti quizá te haga bien leer (y tener una excusa para conversar con alguien).

Comentarios

  1. ¿Y no has buscado alguna otra forma de controlar la ansiedad?
    Tal vez algún medicamento pueda ayudar... Yo no sé mucho de esto, pero sé que hay medicinas que ayudan.

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