Dios


Creo en Dios porque él cree en mí. Así de simple es nuestra relación. No tengo idea de cómo es o en dónde está, pero me gusta creer en él. Cuando era niño pensaba que Dios era Mickey Mouse. Ahora pienso que es un animal bebé. Por eso me encanta la idea celebrar el nacimiento de un niño como símbolo de esperanza y buena voluntad.



La navidad, y la fe, para mí son una buena excusa para crear tradiciones y buscar símbolos y señales en todas partes. Por ejemplo, este año decidí que el espíritu de la navidad sería representado por un adorno que encontré una tienda: un búho blanco con una corona de oro. Y ahora el rey búho adorna la punta del árbol de navidad (y vigila que todos nos portemos bien).

Confieso que no puedo resistirme a las compras impulsivas de la época, a las tradiciones y al convencionalismo. Para mí, si no hay un pino navideño decorado no es navidad. El resplandor de las luces blancas iluminando las silenciosas noches del invierno me hace feliz. Me imagino de niño, parado frente al pino en piyama, con el rostro iluminado por las luces y la dicha de saber que mi madre y mi hermano duermen cerca de mí, que tenemos una casa tibia y que los gatos no pasan frío.

Julie me dice que este año ya no vendrá Father Christmas (así es como los niños ingleses llaman a Santa Claus). Mi primera reacción es de asombro. ¡Yo aún creo en Santa! El privilegio de haber tenido una madre que me adoraba es que jamás fui expulsado de mi infancia.

Una navidad, cuando tenía veinticinco años, mi madre le pidió a un extraño que nos dejará reclamar el peluche gigante que la tienda daba en promoción cuando hacías una gran compra. Nosotros no habíamos comprado tanto, pero el sí. “Es para mi hijo”, le dijo mi madre al extraño. El peluche ya no está, pero el gesto de mi madre no se irá nunca.  

Es verdad que mi madre y mi nana nunca tuvieron una buena relación con Santa –porque creer a veces es un privilegio negado a los pobres– pero en casa a todos nos gusta la navidad. En nuestra casa siempre hubo regalos; sin importar el precio, el tamaño o la cantidad, porque el verdadero regalo era saber que alguien había hecho el esfuerzo para darte algo. Desde niños supimos del ritual de envolver regalos en cajas de galletas y cereales, pero jamás cuestionamos nada. Nos gustaba creer. Tuvimos la dicha de crecer creyendo (aun sabiendo la verdad).  


Creer es una elección, un hábito, una costumbre. Creer me ha salvado de convertirme en otro adulto cínico y gris. Así que no dejaré de hacerlo nunca.

Creo en Dios como creo en los personajes de mis libros favoritos. Creo en las cosas que me hacen bien (y a veces por desgracia en algunas cosas que me hacen mal). Me gusta creer. Es mi pasatiempo favorito.

No le perdono a Santa que siempre olvidara los regalos de mi madre y mi nana, y los de otros millones de niños, pero me gusta pensar que en alguna parte alguien recibe regalos y sonríe; o que lleno de esperanza no se cansa de creer y eso lo hace continuar.

Qué sería del mundo sin la posibilidad de creer y desear que todas esas cosas que no conocemos sean verdad. Estoy seguro que algún día, cuando sea muy viejo, voy a conocer a Dios y será un zorro con  una bufanda roja como las que tejía mi madre. Entonces le diré: gracias por creer en mí todos estos años.

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