Chicharras, cícadas y cigarras


Lo primero que descubrí en Atenas fue el sonido de las chicharras. Durante nuestro primer paseo, en el barrio de Exarcheia, me emborrachó el sol, los colores de los grafitis en las paredes y un zumbido familiar, pero extraño, haciendo nido en las altas copas de los árboles. Emocionado quise explicarle a Sotiris que eran chicharras, pero pronto entendí que el nombre era otro de esos mexicanismos que es imposible traducir.  

“¿Te acuerdas de esos insectos que te conté que hacen ruido en el verano y que de niños atábamos a un cordón para hacerlos volar como cometas?”


A diferencia de mi, a él no le gustan los insectos, así que lo dejé por la paz. Además, no estaba seguro de que aquel sonido de viejos cascabeles fuera de chicharas, pues en mi recuerdo sonaba distinto.

Todavía en plan turistas, una tarde decidimos salir a caminar bajo la inclemencia del sol de las 4 de la tarde. Esta vez hacía la Plaza Sintagma y el barrio de Plaka. El zumbido de las supuestas chicharras seguía ahí, más intenso que antes. Así que llegando a casa decidí investigar.

Así descubrí, entre otras cosas, que el nombre científico de la chicharra es Cicadoidea (Cicada en inglés y τζιτζίκι en griego) y que en Grecia no solo es parte integral del verano mediterráneo, pero además parte del universo de la literatura clásica. Homero usó la imagen de las cícadas en la Ilíada y el poeta sirio-griego Meleagro de Gadara les escribió una oda en el siglo I a.C.

“Oh, insecto de voz estridente que con gotas de rocío dulcemente se embriaga”

Pero mi asombro, producto de una increíble ignorancia, fue mayor al descubrir que otro nombre castellano para este celebre insecto es: cigarra. No es que desconociera la palabra, pero habiendo crecido en el norte de México, jamás asumí ambos nombres como equivalentes. Así que, superada la vergüenza, en ese instante todas las chicharras de mis veranos infantiles en Nuevo Laredo, las cícadas de Homero y las cigarras del folclor latinoamericano y de la fábula de La Fontaine se abrazaron y se conviertieron en un solo personaje y fue maravilloso.

De niño las chicharas eran parte de los largos días de verano en la calle, en el Parque Viveros, en los patios familiares. A mi me daba miedo atraparlas, pero recuerdo verlas de cerca cuando alguien más valiente las tomaba con sus dedos. Recuerdo también la amenaza latente de que me pusieran uno de esos horribles bichos eléctricos debajo de la lengua para que comenzara a pronunciar mis erres y mis eses. Nunca pasó, pero me quedaron el recuerdo y el temor.


Pienso en Nuevo Laredo. He estado 6 años fuera de casa, pero estoy seguro de que las chicharras dejaron de escucharse desde mucho tiempo atrás. ¿Se fueron cuando comenzamos a talar árboles de más o simplemente dejamos de escucharlas? (Ese es otro tema para investigar).

Por ahora me alegra que las calles de Atenas y el canto de sus cícadas me abran veredas a mis días de infancia en el verano neolaredense. Aunque, quizá en la distorsión del recuerdo, creo que el canto de las chicharras norteñas es distinto del de las cícadas griegas. En Nuevo Laredo las chicharras emitían una especie de ronroneo de juguete mecánico mientras que en Grecia es más parecido al eco de un viejo cascabel oxidado. Quizá, igual que los poetas, las cigarras cantan de las mismas cosas, pero en lenguajes distintos.


Marinero Odiseo
dime si es verdad que sabes
(porque distinguir no puedo)
si en el fondo de los árboles
hay otro color más bello
que el atardecer de mis recuerdos.

*Apropiación de “La cigarra” de Raymundo Pérez y Soto

Comentarios

Entradas populares