Λαϊκή
Querida Paloma:
Todos los sábados vamos al mercado callejero (λαϊκή) en Kallidromiou, muy cerca de nuestra casa. Nos gusta empezar el fin de
semana comprando frutas y verduras, a veces plantas, así que se ha convertido
en parte de nuestra rutina desde las primeras semanas que nos mudamos a Atenas.
A mí la experiencia me resulta fascinante porque, habiendo crecido en la
frontera estoy más familiarizado con los supermercados que con los mercados al
aire libre.
Para ir al λαϊκή hay que prepararse. Es buena idea llevar
tus propias bolsas y suficientes monedas. Hacer una lista es recomendable, pero
sόlo hay frutas y verduras de temporada; así que
muchas veces hay que improvisar. Ahora abundan las granadas, castañas,
mandarinas y naranjas, por ejemplo. Nosotros visitamos con cierta regularidad a
algunos merchantes: el hombre delgado que vende las papas y cebollas, el hombre
mayor al que le compramos las uvas, la señora simpática de la miel y las
especias; pero en general somos bastante veletas porque como bien dicen: “de la
vista nace el amor”.
Para los turistas el λαϊκή es una curiosidad, una atracción más en sus guías, pero la verdad es que
puede resultar una experiencia extrema. El bullicio y las aglomeraciones son de
esperarse, pero el “ímpetu” griego puede ser intimidante. Ellos podrán vivir sin
prisas, pero no perdonan la falta de determinación. Si te acercas a un puesto
de forma automática e inmediata recibirás los buenos días (Γεια σας) y una bolsa de plástico para comenzar a
empacar. Es por eso por lo que a mí toda la experiencia me deja exhausto. Ir al
λαϊκή es un asalto a los sentidos: el olor a
tierra oscura, té, cebollas y paprika; el brillo tornasol en la piel de los
pescados, el rojo intenso en la pulpa de los tomates; las voces apiladas unas sobre
otras como ladrillos de Babel. A veces es demasiado.
De vez en cuando también paramos en la carnicería. A mí me gusta esperar
afuera porque el espacio en la tienda es pequeño y, a veces, me da la
oportunidad de socializar con los perros que esperan a sus dueños. Esté sábado no
había nadie, así que para no aburrirme me puse a observar a la gente. Enfrente estaba
el hombre que vende jugo de granada. Me distraje un rato viendo como escurría
el jugo rojo dentro de las botellas, pero luego reparé en el puesto de la acera
de enfrente. Había dos chicos en sus veinte que, por la semejanza entre ellos,
asumí que eran hermanos. Los dos tienen la piel apiñonada, el pelo negrísimo, los
ojos oscuros y la barba tupida cortada al ras. No podrían ser más parecidos y
diferentes a la vez. Uno más corpulento, de expresión severa y a veces triste. Como
un oso que habla y sonríe con los ojos. El otro atlético, con una sonrisa
coqueta y los movimientos de un lince. Es él quien atrae a los clientes y
empaca la mercancía con la gracia de un malabarista. Su hermano, con su tierna
torpeza, cobra y da el cambio. Intento imaginar su vida fuera del mercado, la relación
entre ellos. ¿Tendrán más familia? Quizá han aprendido a llevarse bien porque ya
no tienen padres. Eso explicaría la mirada triste del hermano osuno. Luego
imagino que huelen a tierra, sol y cebollas; que los chicos del colegio se
burlaban de ellos cuando eran niños. Los imagino como tiernos tubérculos creciendo
debajo de la tierra tomados de la mano: los hermanos patata solos contra el
mundo. (Ojalá Chéjov hubiera escrito sobre ellos).
Quizá algún día me anime a hablarles. Me gustaría conocer su historia, pero
temo ser como uno de esos turistas alemanes, de los que nos advirtió Kostís,
que hacen fotografías en el mercado como si la cotidianeidad de los otros fuera
un souvenir.


Excelente, imagine todo como si estuviera ahí presente, no dejes de escribir, esperaré otra historia
ResponderEliminarSaludos!
Gracias por leer. Saludos.
Eliminar