Resistir
Querida Paloma:
Se cree que la colina Licabito (Λυκαβηττός) fue el último refugio donde los lobos gozaron de libertad en la antigua Atenas. De ahí el origen de su nombre que significa “lugar de lobos”. Es al pie de esta colina donde muchos siglos después, y sin rastro de lobos, hemos encontrado nuestro nuevo hogar.
Llegamos a finales de agosto. El día era silencio y resplandor. El agobio del calor obliga cada verano a los atenienses a buscar refugio en las playas. Algunas de las cosas que más llamaron mi atención aquellos primeros días fue lo empinado y estrecho de algunas las calles, y la enorme cantidad de grafiti y edificios abandonados (al menos en nuestro vecindario).
Al pie de nuestra calle, una privada que topa con las escalinatas que suben a la colina, nosotros encontramos nuestro propio edifico abandonado. Un viejo edificio con puertas y ventanas tapiadas y que en mejores días fue amarillo: un amarillo pardo, como el de los girasoles de Van Gogh. Cuando comencé a entender la realidad de esta zona de la ciudad intuí el porqué de las puertas y ventanas clausuradas, pero a fin de cuentas sigo siendo un turista e ignoro muchas cosas.
Otra cosa que distingue a Atenas es que es una ciudad de viviendas hacia arriba. El paisaje urbano no es más que una colección de edificios altos y sin personalidad; por eso aquella obra, aunque modesta, tenía algo especial. Construida quizá en los años 30, sus reminiscencias art deco lo hacían sobresalir del resto. Un edificio sólido, con detalles distintivos pero elegantes. No sé si lo dije en voz alta, pero obviamente soñé con la posibilidad adquirir el edificio y restaurarlo. Nunca puedo resistirme a esa fantasía de recuperar espacios, transformarlos y darles vida de nuevo. Lo imaginé con las ventanas abiertas; limpio, aireado y lleno de luz. Lo escuché lleno de risas y conversaciones.
La primera fotografía que tomé en Atenas fue la de un gato acostado en el dintel de una de las ventanas de este edificio. La compartí en mis redes sociales con la leyenda “haciendo amigos en Atenas”. No sabía que se convertiría en un recuerdo tan especial. Aquella gata sin posibilidad de huir la playa se había quedado a darme la bienvenida y a lidiar con los turistas que suben por nuestra calle a la colina y que toman fotos de todas las cosas auténticamente griegas (incluidas los gatos). Lady, como comencé a llamar a la gata después, se convirtió en mi vecina favorita. Aquella gata rechoncha y un poco malhumorada, siempre estaba en el mismo sitio. Eso me hizo pensar que ella era la dueña de aquel inmueble. Una propietaria desalojada, quizá, pero dispuesta a no marcharse. Y eso aquí —en este barrio, en esta ciudad, en este país y en este mundo— es el más verdadero (y necesario) acto de resistencia.
En los cinco meses que tenemos aquí se han convertido en noticia frecuente los desalojos, en su mayoría violentos, de albergues para refugiados. Hace unos meses nos despertó la noticia y el bullicio de uno de esos desalojos justo a la vuelta de nuestra casa. Igual que en México, aquí hay ruidos que dan miedo. Ese es uno de ellos.
Hace un par de días nos despertó un ruido distinto. El estruendo de maquinas y hombres gritando instrucciones en griego, o sea a voz en grito. Estaban a la entrada de la calle. Por un momento tuvimos esperanza: van a remodelar el lugar, pensamos. No podíamos estar más equivocados: lo han demolido. En un par de días el edificio pasó a ser un esqueleto que intenta mantenerse en pie. Me provoca pudor verlo así: desnudo y tiritando de frío. Se le alcanzan a ver los huesos y todas sus cicatrices; se puede escuchar el sonido de sus fantasmas alejándose mientras arrastran los pasos. Pero los gatos no se han ido. Incluso han llegado más a reclamar el espacio. Trepan entre los escombros y, con una expresión más de incredulidad que asombro, intentan entender lo que ha pasado. Están aquí para reclamar lo suyo. Porque ellos, igual que los demás desamparados, poseen sólo las cosas que nadie quiere.
No me atrevo a hablar de la ciudad o del país, como lo dije antes: sigo siendo un turista. Me atrevo a hablar de la situación porque no me es ajena del todo. En mi ciudad y mi país también hay escombros y desplazados. La imagen de esta casa en ruinas pronto será sólo un recuerdo, por eso me apuro a escribir sobre ella. Me siento identificado con esos gatos porque algo parecido nos pasó en el lugar en que vivía. Hace un par de años alguien dejó nuestro hogar en ruinas; y nosotros, llenos de incredulidad y espanto, no sabíamos si debíamos quedarnos y reclamar el espacio como nuestro o marcharnos a un lugar seguro y empezar de nuevo.
El único lugar que tienen los que no son recibidos en ninguna parte es la resistencia. No dejemos que nos desaparezcan como a los lobos. No dejemos que nos alcance el olvido (o la indiferencia).



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