Episodio 3 | Superhéroes

Es verdad, es un momento difícil. Cierto, es difícil para toda la humanidad. Sí, estamos preocupados por los más cercanos: familia, amigos y compañeros. Pero ¿has notado que en el supermercado sigue habiendo comida? ¿Qué los empleados de las estaciones de servicio siguen ahí? Hasta el día de hoy no hemos tenido que preocuparnos por tener agua, electricidad o (el bendito) internet. Incluso el servicio de recolección de basura sigue siento puntual. El mundo sigue funcionando como antes, casi de manera perfecta. Y detrás de todos esos productos, servicios e incluso privilegios que nos son esenciales durante esta contingencia hay personas. Hay alguien con familia, amigos y compañeros. Hay alguien que sale de casa todos los días para que el mundo no se detenga.
Esto no es un regaño —o en dado caso es un regaño para mí.
Los primeros días de la contingencia en Atenas las cosas cambiaban todos los días. El último día que fui al supermercado fue muy estresante. Al entrar los empleados nos pedían a todos que mantuviéramos la distancia. Algunos clientes protestaban. Todos teníamos urgencia. Nadie podía pensar en las circunstancias particulares de los demás. Cuando volvimos a casa. Me di cuenta de que yo estaba de nuevo a resguardo, pero los empleados del súper tendrían que completar una larga jornada.
Estos días una de mis pocas y breves salidas es a tirar la basura a los contenedores. Siempre están vacíos. Nunca me había detenido a pensar en la puntualidad del servicio. El servicio es tan eficiente que ni siquiera sé quién hace la recolección. Me di cuenta que, al menos para mí, son trabajadores invisibles; al igual que otros miles de personas que realizan labores esenciales en nuestras vidas.

Nuestra idea del mundo va a cambiar. Nuestra idea de quienes son los verdaderos héroes va a cambiar. Nuestra idea de lo que es esencial va a cambiar. Nosotros tenemos que cambiar. 
En junio del 2013 escribí una entrada mi blog titulada superhéroes. Estos días he pensado en ella, por eso quiero compartirla contigo. 
Me ajusté la toalla amarrada al cuello, me arremangué la piyama, vislumbré el horizonte y me lancé desde el techo de la casa. Por un instante pude volar. Lamentablemente el suelo estaba demasiado cerca y la ley de gravedad nunca se despista. Así que de aquella gloriosa tarde todos recuerdan el accidente, pero nadie la hazaña de mi vuelo.
Por aquella época pasaba muchas horas imaginando las posibilidades de tener alguna habilidad extraordinaria. Mis súper poderes favoritos eran volar, ser invisible, detener el tiempo y leer la mente. Esa idea de ser un superhéroe pocas veces tenía que ver con el deseo de salvar a la humanidad porque mi mayor preocupación era aprobar el año escolar o sobrevivir al acoso de los compañeros más grandes. Nunca tuve que salvar al mundo de una catástrofe o enfrentarme con villanos mutantes, así que el universo nunca conspiró para dotarme de un súper poder. A menos que mi don de meterme en problemas fuera considerado como tal.
Crecí en una época en que los superhéroes no eran una franquicia cinematográfica. Todos esos hombres fortachones en mallas de colores no eran más que nuestros compañeros de juegos. Creo que ninguna producción repleta de efectos especiales podrá igualar las épicas batallas que libraron nuestras figuras de acción en aquellos días de verano en que todos los niños de la cuadra vaciábamos nuestras cajas de juguetes en la galería y armábamos ejércitos de superhéroes, soldados, luchadores y dinosaurios de plástico de diferentes tamaños y colores.   Éramos nosotros quienes decidíamos el alcance de los poderes de cada personaje, el castigo de los villanos, los finales y «crossover» de las historias. Ahora pienso que de esas horas de juego a muchos nos habrá surgido el gusto por inventar escribir o dibujar.

Alex Gross

Mi universo infantil estuvo habitado por superhéroes, pero también por héroes de la mitología griega.  Así que mis personajes favoritos eran Perseo y Supermán. Tenía figuras de acción de los dos. Perseo blandía su espada en una mano y en la otra la cabeza llena de serpientes de una mujer. Supermán tenía una capa de plástico rígido que odiaba porque no se agitaba al volar. Sin embargo, prefería a Supermán porque Perseo no aparecía en ningún cómic o serie animada. Perseo era un dios, según lo que decía su empaque, y Supermán era real. Aquel hombre de cara angulosa y pelo engominado se llamaba Clark Kent y trabajaba en el periódico El Planeta, su novia era Luisa Lane y su debilidad era la kryptonita; el hombre de falda pertenecía a una serie llamada Héroes Mitológicos que nunca supe en que canal de la televisión se trasmitía y cuya transmisión, empecé a temer era producto de una oferta de la tienda de juguetes.
Yo quería ser tan simpático, noble y fuerte como Supermán (lo siento Ochoa, mi superhéroe favorito no era Batman). Yo quería volar y llevar debajo de la ropa un traje con todo y capa; tener una novia a la cual rescatar y un enemigo tonto al cual vencer. Muchas veces jugué a ser Supermán, pero sobre todo a volar. Soñaba con volar, ayudar a los más débiles... y ser tan guapo como Christopher Reeves.
¿Cuándo dejé de creer que podía ser un héroe? ¿Cuándo deje de soñar con la posibilidad de volar? Supongo que en algún momento la fantasía se desgastó o me superó la realidad. Supongo que en algún momento pensé que los villanos en realidad eran terribles y podían vencerme. Será que de pronto me enfrenté a miedos reales y cuando nadie vino a rescatarme dejé creer en la posibilidad de los poderes extraordinarios y la ayuda desinteresada.
Hace días intenté ayudar a una mujer que había dejado las llaves encerradas en su coche, lo estresante de la situación es que el vehículo estaba encendido y su bebé estaba adentro. Al percatarse de la situación algunas personas se acercaron a ayudarle, entre ellos un hombre mayor al que nadie prestó atención pues no pensamos que pudiera ofrecer gran ayuda. Mientras un joven intentaba abrir la puerta con una ganzúa, el viejecito se acercó a la ventana más cercana a la niña y comenzó a cantarle una canción muy dulce que la tranquilizó hasta que el joven logró abrir la puerta. Para el momento que esto sucedió, nadie celebró la hazaña pues todos estábamos asombrados y conmovidos de la misión que había cumplido el abuelo al acompañar a la niña y hacerla sentir segura.
Esa tarde entendí que todos podemos ser héroes y que por fortuna cada uno tiene poderes distintos, que a veces las catástrofes domésticas son tan vitales como las que amenazan al mundo y que todos contamos con un poder especial: voluntad.
¿Tú de qué lado estás? ¿Tú voluntad te hace héroe, villano o espectador?
Hace casi 7 años no tenía idea de que estaría viviendo en Grecia. Que podría visitar las locaciones de los Héroes Mitológicos y ver todas esas figuras de acción en tamaño real. Sigo pensando que les faltan capas de tela, pero el mármol las hace edición especial. Hace 7 años no imaginaba que estaría casado con un geek de los cómics: el superhéroe que, ahora que hay más restricciones en los supermercados, sale a comprar todas las provisiones para nuestra pequeña familia.
Ya lo dijo David Bowie: 
“We can be heroes just for one day”. 

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