Episodio 4 | Ir a lugares

Hace un par de noches veía un episodio de Young Sheldon, precuela de la serie Big Bang. Sheldon es un niño genio aficionado a las ciencias que crece en una suburbio Texano en los años 80. Y en este episodio, Sheldon se emociona ante la posibilidad de visitar Radio Shack para ir a comprar baterías a precio de oferta.  Si no la conocen, Radio Shack es una tienda especializada en artículos y componentes electrónicos y en los años 80 era una sensación para los aficionados a la electrónica. No pude evitar sonreír ante la historia porque yo solía ir con mi hermano a una tienda Radio Shack y era también un acontecimiento especial. No para mí, para ser sinceros. Después de curiosear un poco comenzaba a aburrirme, pero disfrutaba mucho pasar el rato ahí con mi hermano. Recuerdo esas tabletas blancas de plástico en las que se podían poner circuitos, alambres y leds de distintos colores. Creo que mi hermano alguna vez hizo un semáforo para un proyecto de la escuela. Esta tienda, al igual que la tienda de música años después, ocupan un lugar especial en mi memoria porque estan ligadas a recuerdos especiales con mi hermano. Hay un cuento de Shaun Tan, uno de mis ilustradores y escritores favoritos, en el que dos hermanos deciden caminar hasta la orilla del pueblo donde viven para descubrir porque los mapas no mostraban nada más después de cierto punto. A mi hermano y a mí también nos gustaba ir a lugares. Hoy te quiero hablar de eso: de la posibilidad de ir a nuevos sitios.


Shaun Tan


Decidí enfocarme en algunos de los lugares que he conocido con mi hermano porque creo que es la persona con la que he estado en más lugares distintos a lo largo de mi vida. Desde lugares en Nuevo Laredo, el lugar donde nacimos, hasta Oxford y París.

 

Comencemos este viaje por un famoso restaurante de Nuevo Laredo. Si no me equivoco mi hermano  estaba en el bachillerato y ya salía con sus amigos —yo no porque era cuatro años menor—  así que un día me contó de este restaurante al que quería llevarme porque vendía las mejores hamburguesas, pero además cuando te tomaban la orden te preguntaban el nombre para poderte llamar por micrófono cuando estuviera lista: “Edy, tu hamburguesa está lista”. Eso era lo que lo hacía realmente especial.  Así que nos lanzamos a la aventura. No recuerdo  los detalles, pero supongo que tomamos el autobús y caminamos un poco. El restaurante está ubicado en la colonia Jardín, una zona residencial que nosotros nunca visitábamos por qué no vivíamos ahí y que en mi cabeza era como visitar un lugar muy especial de la ciudad. Aún lado estaba el consulado de los Estados Unidos, entonces en mi cabeza era un lugar muy exclusivo. Por dentro el restaurante tenía la vibra de las cafeterías americanas de los años 50. Recuerdo el piso de ajedrez en blanco y negro, los anuncios de neón, el techo alto y las butacas forradas en piel. Pedimos nuestras hamburguesas, que supongo pagó mi hermano y esperamos a que me llamaran por el micrófono. En nuestra situación económica aquellos era un verdadero lujo, pero valió la pena. Siempre nos han gustado las hamburguesas. Años después pasamos muchas horas en un pequeño local de la calle Maclovio Herrera que después se volvería muy exitoso. Sigo sin saber quién pagaba por todas esas comidas.

 

Sin embargo, las hamburguesas que recuerdo con más nostalgia son las que formaban parte de nuestras excursiones al Mall del Norte en Laredo, Texas. Nosotros crecimos en la frontera con Texas y la posibilidad de cruzar al “otro lado” como llamábamos al lado americano, siempre ha sido algo cotidiano. Sin embargo,  lo que era extraordinario era ir solos.



En la esquina de nuestra cuadra tomábamos el autobús 5 colonias para ir al centro del centro de la ciudad —en donde está el puente internacional. Cruzábamos el puente y caminamos a la Plaza Jarvis, mejor conocida como la plaza de los viejitos para esperar el autobús San Bernardo. Ahora hay una central con aire acondicionado. En ese tiempo nos sentábamos en lugar donde hubiera sombra y esperábamos.  Teníamos que pagar el monto exacto en pesetas (monedas de 25 centavos). Echabas el dinero en una caja de vidrio, que para mí era como una cosa mágica porque separaba las monedas para saber que era la cantidad exacta… o algo así. Esos autobuses limpios, con aire acondicionado y asientos cómodos eran para mí el sueño  americano.

 

En ese tiempo el autobús San Bernardo era muy popular porque iba al Mall del Norte, pero el recorrido era larguísimo.  Cuando llegábamos teníamos un recorrido habitual, íbamos a la tienda de discos, a la juguetería (yo todavía compraba juguetes). También íbamos a la tienda de revistas y a Spencers, una tienda que vendía muchas cosas inútiles que nos gustaban. A veces si teníamos mucha suerte comprábamos algo, por ejemplo en nuestros cumpleaños, cuando nos dan algo de dinero. Recuerdo recorrer una y otra vez los pasillos de la juguetería buscando algo que me alcanzara con el dinero que tenía, porque además teníamos que calcular el dinero de los autobuses y de la comida, porque esa era parte esencial de la visita: ir a comer hamburguesas a Burger King.

 

Después de todos estos años puedo vernos sentados uno frente al otro comiendo hamburguesas. Hace un par de meses, en mi última visita a  Inglaterra, mis sobrinos y yo decidimos ir a Burger King para calmar el hambre después de ir al cine. Este Burger King es el más triste del mundo. La puerta no cierra bien y normalmente hace hace frío el piso siempre está sucio y las mesas pegajosas. El Burger King de la estación de Waterloo en Londres, le hace competencia, pero hay algo en este restaurante que puede ponerte realmente triste. Mientras esperábamos nuestras hamburguesas se me ocurrió contarles que hacía muchos años su papá me llevaba a un Burger King en Laredo. Escucharon, decidieron que la historia no era interesante y pasamos a otra cosa.  No me di por vencido, agregué que cuando íbamos yo tenía quizá 11 años su papá 15 y que él era el responsable de cuidarme y de pedir las hamburguesas porque no yo no hablo inglés. Eso les pareció un poco interesante. Preguntaron si ese Burger King era mejor que este. Yo les dije que era el mejor del mundo Sonrieron.


 

Creo que lo que más me maravilla de esos recuerdos es como disfrutábamos la posibilidad de ir a otros lugares. No importa si es Nuevo Laredo, Londres o París. No importa si no teníamos dinero para comprar las cosas que deseábamos. Lo importante es que teníamos la posibilidad de salir y estar juntos. Hoy me hace bien recordad esos viajes y aventuras. Me ayudan a usar la imaginación para salir de casa. Una de las cosas que más anhelo estos días es poder coger un avión e ir a Inglaterra a visitarlo, a él y su familia.  Estar con mis sobrinos, ir juntos a la tienda a comprar jabón para lavar la ropa, a comprar los ingredientes para la comida del día. Extraño esas pequeñas cosas y la posibilidad de ir a nuevos lugares.  Así, sin pretensión, porque no se trata de presumir los lugares a los que hemos ido, acumular fotografías o estampas en un pasaporte. De hecho, desconfío de la gente que “le encanta viajar por el mundo”. Ahora no me ves pero estoy haciendo comillas de aire con los dedos.

 

Sin afán de de romantizar nuestro origen o las circunstancias de nuestra familia, lo que me importa es hablar de la posibilidad de soñar y el privilegio de poder cumplir tus sueños;  de la fortuna de poder ir a lugares y tener con quien compartir la experiencia, de la complicidad y la belleza de la cotidianiedad, de lo increíble que es tener recuerdos a los cuales volver y llenarte de energía para hacer nuevos planes.

 

De niño viajábamos poco. Nunca fuimos el tipo de familia que pudiera viajar a Disney, por ejemplo, pero jamás nos dijeron que no soñáramos con eso. “Cuando seas grande y trabajes podrás ir a donde quieras”. Eso no ha sido del todo cierto, pero las circunstancias han mejorado. 

 

Con mi hermano conocí París. Fue un regalo de Navidad de su parte. Me dijo: “nos vamos a Paris”, como si se tratara de ir al Mall del Norte. El día que debíamos volar en Inglaterra comenzó a nevar. Recuerdo que caminamos de su antiguo departamento a la estación de tren y aquello fue como esa película de El día después de mañana. Era una tormenta de nieve como yo nunca había visto antes; quizá ustedes hayan estado en tormentas peores, pero para mí aquella era la peor del mundo. La emoción era indescriptible, pero también la preocupación de que cancelaran el vuelo… y así fue. Logramos llegar al aeropuerto, pero el vuelo no salió, así que nos regresamos a casa. Pensé que era una señal: los niños que viajan en el cinco colonias no viajan a París. Pero lo intentamos de nuevo una vez pasada la tormenta y conocí París. Vi la Torre Eiffel por primera vez, bueno la mita de la  Torre Eiffel, porque el clima no había mejorado del todo  y  las nubes ocultaban la mitad de la torre.  Conocí los lugares más famosos de la ciudad entre nieve derretida y lodo. Fue algo muy parecido a visitar París en el  siglo XIX: romántico, húmedo y gris.

 

Años antes, mi madre también conoció París junto a mi hermano. De ese viaje, conservamos un diario que mi madre llevó con detalle durante esos días. Su amor por los cruasans es, para mí, tan maravilloso como la descripción de las madalenas que hizo Proust en En Búsqueda del Tiempo Perdido.


 

Otro viaje que recuerdo muchísimo fue un viaje a San Antonio, Texas. Supongo que no era la primera vez que visitaba San Antonio, pues viviendo en la frontera es un destino muy accesible, pero lo especial fue que mi hermano ya vivía en Inglaterra y ese fue nuestro punto de encuentro. El  motivo de la reunión además de vernos, era ir al ballet de “El Rito de la Primavera de Stravinski. A mi hermano le gusta mucho ese concierto  y quería escucharlo en vivo con una orquesta. Fue otro de esos momentos en los que del modo más más casual me dijo: “nos vemos en San Antonio para ir al ballet”, y yo no pude negarme. Porque más que los lugares, más que ese privilegio de ir a lugares y ver cosas nuevas, está la complicidad de hacer cosas juntos y construir recuerdos.

 

Cuando esto pase, tengo claro que quiero ir al Burger King más triste del mundo a comer hamburguesas con mis sobrinos. Que seré irresponsable y me gastaré mis pocos ahorros para ir comer tacos con mis amigos en Nuevo Laredo, sin importar que  esos sean los tacos más caros de mi vida. Si algo hemos aprendido de esta experiencia es que todo es relativo y al final las cosas que importan son las menos evidentes.

 

¿Cuál es su historia de viaje que recuerdas con más cariño? ¿Con quién fuiste? ¿Por qué es importante para ti? En esos días que no tenemos la posibilidad de salir porque no escribes acerca de ello y lo compartes con esa persona que te acompañó. Escapemos de nuestro encierro recordando. Dejemos que la nostalgia nos motive a hacer planes para el futuro. El mundo nos espera. No importa si es un viaje en autobús destartatalado al centro de la ciudad o un vuelo transatlántico al destino de tus sueños.   

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